Las 3 mejores películas de Al Pacino

Hubo un tiempo en que me costaba diferenciar a Robert de Niro de Al Pacino. Actualmente es más fácil porque queda claro que De Niro es el que se dedica a protagonizar peores papeles. Algún día hablaremos del pobre de Robert y su imprevisible decadencia cuando no hace tanto se encargaba de poner cara a los personajes más sofisticados y magnéticos de la gran pantalla. Incluso compitiendo directamente con Al Pacino en El Padrino II…

La cuestión es que Al Pacino es todavía en la actualidad uno de los grandes desde esa vocación que lo llevó a entregarse a su pasión por la interpretación a toda costa. Porque miserias iniciales mediante, que seguramente acabaron por curtirlo y dotarlo de una caracterización muy típica, Al Pacino nunca se rindió en su voluntad por el reconocimiento de público y crítica.

Al Pacino dispone de un sugerente juego de registros que encajan a la perfección en un rango de papeles entre lo oscuro y lo inquietante. De antihéroe a mafioso o criminal pasando por el mismísmo diablo o por cualquier personaje capaz de albergar hondos secretos que se intuyen en el brillo de sus ojos. Algo así como la caja de Pandora justo antes de abrirse y desplegar los males del mundo y del submundo.

Pero lo mejor es que en ocasiones ese semblante suyo también sabe adaptarlo a la parodia e incluso al humor. Por aquello de que los polos opuestos se atraen siempre que uno sepa manejarse, como buen actor que es Al Pacino, en dispares caracterizaciones.

Top 3 películas recomendadas de Al Pacino

El Padrino

Sin duda podríamos hacer de las 3 entregas de El Padrino el podium de lo mejor de Al Pacino. Pero más allá de esta soberbia interpretación continuada en el tiempo, me gusta rescatar otras pelis donde toparnos con un Al Pacino fuera de encasillamientos tan gloriosos como limitantes. Además la tercera parte se le quedó un poco corta a Coppola y dejó al bueno de Al Pacino bastante lejos de lo esperado por «exigencias del guión».

De todos modos, hay poco más que decir de la actuación de Al Pacino en cualquiera de las entregas… quizás simplemente el recreo, el reconocimiento exhaustivo de su figura como el emblema que supuso y supone para el acercamiento a un mundo de la mafia que Mario Puzo puso sobre papel con una fidelidad estremecedora. Luego tipos como Marlon Brando y Al Pacino remataron en la gran pantalla con una caracterización estratosférica.

En espera de una cuarta entrega que siempre está en el aire, para la que incluso se barajó a DiCaprio, todos asociamos la trilogía con Al Pacino. En parte porque don Vito, el bueno de Marlon Brando, quizás no estaba para remakes y se retiró a la primera de cambio. La cuestión es que su hijo (Al Pacino) heredó en la ficción el legado de don Vito, que ya gestionaban interpretativamente a la par en la primera parte.

Gigante desde el despegue como el hijo llamado Michael Corleone que lleva en sus genes y en su aprendizaje toda la crueldad de los negocios. Así como la desconcertante impronta de lo familiar como contraste a un mundo del hampa donde cualquier afrenta podía ser solucionada con balas.

El abogado del diablo

Me flipó Al Pacino en esta película donde no era protagonista absoluto y sin embargo regía en cada escena. Pocas películas de terror, o al menos de suspense, donde la figura de un personaje habite todas las escenas como capaz de transfigurarse a cada segundo.

Vale que Al Pacino era el mismísmo diablo y que Keanu Reaves asumiera su rol de tipo ambicioso pero asustadizo junto a una Charlize Theron que va sufriendo en sus carnes las tentaciones diabólicas más desquiciantes. Pero es que él siempre está ahí, como escuchándolos en la sobremesa u observándolos a los pies de su cama.

Una película para descubrir cómo un actor puede transmitir mucho más que sus gestos y sus palabras. Al Pacino tira de mirada, de sonrisa amable con un toque pérfido que augura en todo momento una perdición del hombre que cede finalmente a las ambiciones.

La trama se va intrincando desde aspectos personales de los protagonistas mundanos. Mientras Al Pacino va cerrando un plan que solo el libre albedrío que puede tomar el ser humano como elección liberada de toda carga frente al maligno puede deshacer. El dilema queda ahí, con el diablo siempre se pierde y las tentaciones son demasiado llamativas para quemar vanidades y hasta el alma.

El dilema

En otro tandem espectacular junto a Russell Crowe, Al Pacino se convierte en un periodista llamado Lowell Bergman, encargado de dar voz a Jeffrey Wigand (Crowe), un químico despedido de una gran tabacalera por cuestionar algunas prácticas con las que asegurarse fidelidad química de los clientes fumadores.

Suena a asunto muy real y lo es. Una película que desvela las tropelías de una industria venida a menos pero capaz de todo por mantener cuotas de mercado cada vez más prohibidas en el momento de emitir la película, allá por 1999. En un asunto tan real, la personalidad de Lowell Bergman se mueve entre el interés mediático con el que elevar su audiencia y el verdadero interés sobre un asunto que pone los pelos de punta.

David contra Goliat. Dos personajes contra toda una industria. Solo que en esta ocasión la ficción eleva lo ocurrido en la realidad desde esa sensación más próxima, absolutamente mimética de estos dos protagonistas. En su rol entre el mero interés por el share y la continua implicación más cierta en el asunto, encontramos a un Al Pacino que nos gana con esa intensidad de la transformación de su personaje.

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