Las 3 mejores películas de Stanley Kubrick

Sin duda el cine es un séptimo arte gracias a tipos como Kubrick. Un director que no se conformaba con contar una historia sino que sondeaba las infinitas posibilidades de sus películas desde lo estrictamente narrativo hasta lo emocional y lo psicológico. Y lo hacía por medio de planos, planteamientos, efectos, fotografía o diálogos. Porque bien es cierto que algunos de sus mayores éxitos en diversos géneros como Espartaco, Lolita o hasta Resplandor parten de guiones más al uso. Pero el Kubrick más reconocible se descubre en otro tipo de pelis más metacinematográficas podríamos decir.

Ser vanguardista no es fácil en casi ninguna disciplina. El asunto tiene algo de devenir errático, de creatividad y de genio por delante de ideas y estructuras. Supongo que por ahí se entiende una carrera que se nos presenta a saltos. A golpe de proyecto ingenioso que acaba fructificando, relegando al olvido otros que pudieron desecharse por no aportar nada en esa dirección arriesgada de la constante evolución hacia nuevos caminos.

Pero así es como se consigue un sello entre los grandes. No podríamos imaginar a Kubrick rodando una serie ni sometiéndose a dictados de cualquier filmografía más reconocible de género, Kubrick exploró nuevas vías para que finalmente podamos ver sus obras aún hoy con las máximas dosis de sorpresa y actualidad. Algo así como la paradoja de hablar de clásicos del cine siempre en vanguardia.

Top 3 mejores películas de Stanley Kubrick

2001. Una Odisea en el espacio

Hace poco hablaba con un amigo de las mejores películas de ciencia ficción sobre el espacio. Acabamos sucumbiendo a la más reciente «Interstellar» de Christopher Nolan y a la Odisea de Kubrick como las más reseñables en dura pugna por ser definitivamente la mejor.

Y cierto es que hoy se puede infravalorar la Odisea por las limitaciones de efectos especiales del momento. Pero sin duda es esa obra maestra cargada de inquietantes planteamientos sobre paradojas espacio temporales, agujeros de gusanos que consigue alcanzar la valía de la novela de Arthur C. Clarke en lo argumental pero que la supera con su impactante visión antropológica a rebosar de suspense sobre nuestra propia existencia.

No había prisa para adentrarnos en ese amanecer del hombre desde el monolito capaz de despertar la chispa, el cambio. También nos lleva su tiempo descubrir al astronauta perdido en su habitación blanco nuclear, abandonado a su suerte, envejeciendo apaciblemente en ese extraño lugar como alegoría de la muerte más trascendente jamás planteada. Una película magnética que requiere de cierta introspección paralela del espectador. No siempre es el mejor día para verla. Pero cuando uno se encuentra en disposición, con ese tiempo extra que cada día más se nos niega en películas, series o libros, se acaba disfrutando de una experiencia que sobrepasa lo cinematográfico.

La naranja mecánica

Si Tarantino hace hoy de la violencia excusa y hasta filigrana argumental para naturalizar una de las pulsiones más necesariamente retirada del repertorio humano en lo social, Kubrick ahondaba en muchas ocasiones en esa sensación anárquica de la violencia como cauce de expresión del ego.

Cierto es que en el caso de esta historia, novelada previamente por Anthony Burguess, sin duda lo patológico marca ese gusto nihilista, esa animadversión por el prójimo que no encuentra más sentido que el de un análisis psiquiátrico que apunta a lo distópico de nuestra sociedad cada vez más individualista. Hay que recordar que la peli se proyecta a los años 90 desde los 60. Y como quiera que todo creador otea el horizonte con ese fatalismo que deriva en apocalipsis cuando menos, no cabía esperar otra cosa.

La cuestión es observar en Alex, el protagonista y lider de su pandilla a ese ser humano descargado de conciencia. Y desde ahí consideramos las posibilidades de que el desequilibrio, la conciencia perturbada o lo que quiera que sea que lo mueva pueda ser «reconducida» hacia la idea de un buen ciudadano. En el intento reside el sustento de una película que nos despierta escalofríos, que nos perturba pero que está conformada como un paseo a los peores infiernos de la voluntad humana cuando se encauca hacia el cómodo mal y su paralela destrucción.

La chaqueta metálica

El ¡aquí mi fusil, aquí mi pistola!. La imagen del recluta Patoso pasado de rosca en el baño. Las humillaciones más allá de la típica imagen espartana. La imagineria oficial de la guerra de Vietnam siempre buscaba ese lavado de imagen sobre sus honrosos soldados intentando liberar el mundo.

Kubrick le mete un meneo al asunto de la organización castrense y al comportamiento de los soldados en la guerra una vez que han sido formados en el infravalor de la vida. Entre las humillaciones, los motes y sambenitos, aquellos soldados acuden al frente capaces de todo. El enemigo es cualquiera y el gatillo se puede disparar fácil cuando ya no quedan escrúpulos.

Al final, más allá de la mirada de los mil metros que queda a todo soldado que ha podido ver de cerca los horrores, el alma puede sobrellevarlo para seguir disparando indiscriminadamente. Porque lo único que importa es seguir vivo.

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