3 mejores libros de Carmen Laforet

Hay escritores y escritoras cuyo quehacer literario tiene una intención narrativa de lo cotidiano sin más pretensiones. Así acaban siendo etiquetados dentro de un tipo de realismo u otro. Se trata de autores que te disponen frente al ojo de la cerradura para que descubras la vida en su más liviano acontecer, allí donde los héroes no son más que supervivientes y la trama rezuma y desprende única y exclusivamente vida.

Carmen Laforet fue una de esas escritoras entregadas a lo particular, a la rareza de lo individual que sobrevuela el costumbrismo y los tiempos que tocan vivir.

Porque el realismo siempre aparece con mayor intensidad en aquellos momentos en los que el relato particular adquiere el valor de testimonio de épocas duras. Y en este particular espacio la novela se convierte en una suma de vivencias entre lo trágico y el brillo mágico de la esperanza. En la España de los años 40 este tipo de narrativa se tildó de tremendista, y Carmen Laforet la cultivó con brillante lucidez.

Top 3 novelas recomendadas de Carmen Laforet

Nada

Eso queda, nada, o eso somos, nada. Andrea se ocupa de escenificar el vacío que se va abriendo bajo los pies cuando el desencaje entre lo personal y lo social se hace más y más patente.

El personaje de Andrea nos conduce por los senderos del existencialismo circunstancial de un tiempo como la postguerra española. Normalmente una obra existencial alardea de planteamientos filosóficos más o menos densos, más o menos brillantes en su presentación metafórica.

Lo que hizo la autora con esta, su primera novela, fue compatibilizar esa frescura propio de lo nuevo con la intensa necesidad de componer un relato personalísimo, arrebatadoramente empático donde los días de Andrea, sus descripciones subjetivas sobre la Barcelona del momento, su búsqueda de la belleza entre la vulgaridad y la asunción de la inercia hacia lo trágico.

Andrea es un grito soterrado de libertad, una pulsión contenida que al final acaba explotando cuando encuentran su momento oportuno, ese instante en el que la vida por fin da la razón a todo aquel que siente que el destino no es solo transitar por el camino marcado.

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Al volver la esquina

Laforet representa, una vez más, al creador deborado por su gran obra, caso emblemático de Patrick Süskind o de John Kennedy Toole.  El mismísimo Ramón J. Sender quedó prendado de esta historia y así se lo hizo saber a la autora.

Así que todo lo posterior acabó componiendo un paisaje literario en deuda con Nada.  En el caso de Al volver la esquina, su novela postuma, al menos se puede decir que el momento en la vida del protagonista, Martín Soto, también ofrece destellos de esa frescura en la perspectiva narrada y las descripciones en torno al Madrid de 1950.

Cuando más de veinte años después, Martín Soto nos describe aquellos días, acabamos entendiendo la vida como una suma de anécdotas que nos conducen de manera extraña hacia una suerte de predestinación que parece surgida desde el azar y la voluntad última de las emociones, esas que siempre sobrepasan a la razón.

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La insolación

De nuevo Martín Soto, aquel narrador de su propia vida que conocimos Al volver la esquina. Solo que ahora toca conocerlo en esencia, en ese periodo repleto de autenticidad, rebeldía y apertura a la madurez sexual.

En este libro conocemos al Martín Soto entre los 14 y los 16 años. Él, que podía ser un chico acomodado, más o menos, sin mayores complicaciones, decide dar cancha a eso que lo mueve por dentro.

Las impresiones sobre la adolescencia que aportan esta novela trascienden al personaje y se convierten en un buen referente para adentrarnos siempre que haga falta en esas edad en la que dejamos todo atrás para reaprender a mirar a un mundo que escondía, por partes iguales mentiras y secretos.

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