3 mejores libros de Ana María Matute

La literatura actual española siempre mantendrá una deuda con Ana María Matute. Escritora precoz, fue capaz de escribir grandes obras con 17 años (novelas que, una vez retocadas acabaron siendo best sellers o encaramándose a lo más alto del premio Planeta allá por 1954, cuando la mujer todavía lastraba gran parte de ese pasado patriarcal). Resulta tan extraordinario que el germen de una novela Premio Planeta creciera en las manos de una autora prácticamente adolescente…

Es asímismo impactante que una escritora con ese innegable don para la narrativa, se recondujera en ocasiones hacia la literatura infantil y juvenil. Sin duda compromiso con la pasión lectora como formadora de hombres y mujeres más críticos y empáticos. Y también una forma de revalidar géneros considerados como menores y que ella trabajó con verdadero interés para ese fin formador.

Pero, ante lo que puede sonar a carrera fulgurante y vida de éxito, Ana María Matute no se libró del menosprecio por su condición de mujer, y no siempre su talento y su capacidad le abría todas las puertas, como sí hubiera ocurrido con autores masculinos.

Además en lo personal, Ana María Matute también tuvo sus épocas de luces y sombras, marcadas por algunas trágicas circunstancias emocionales. Quizás sí o quizás no, la creatividad también se alimenta de demonios personales. La cuestión es que en la desaforada capacidad creativa de Ana María Matute hay mucho y bueno donde elegir.

Top 3 novelas recomendadas de Ana María Matute

Pequeño teatro

Parece inconcebible que esta novela fuera perfilada a las 17 primaveras de la autora. Tan solo por eso ya habría que encaramar este libro a los primeros puestos de cualquier escritor, pero es que además la historia es buena.

El mundo visto con la vehemencia, el desencanto, la frustración y un deje de esperanza propio de cualquier adolescente de cualquier época. Premi Planeta 1954. Resumen: Teatro de títeres: humildes muñecos movidos por la destreza de un anciano bondadoso…

Pero seres humanos también, seres humanos que palpitan y bullen en la ciudad, dejando al descubierto sus propias miserias, sus inclinaciones, sus torpes sentimientos, sus mezquindades, sus odios, sus reacciones…

En torno a un adolescente desamparado, agítanse las pasiones de seres cuyas ruindades – fantochadas, hipocresía, ambición, crueldad, sueños engañosos – adquieren, a lo largo de la narración y por la lograda delimitación de los personajes, caracteres de símbolos, aunque sin perder en ningún momento su condición humana.

Un hálito poético, como corresponde a la fina sensibilidad de la autora, anima todas las páginas de esta interesante novela, galardonada con el Premio Planeta 1954.

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Olvidado Rey Gudú

Lo fabuloso, aparcado en ocasiones como propio de la infancia. Y sin embargo nada mejor que la personalización hacia la metáfora o la hipérbole que de manera más certera nos define. La cuestión es que lecturas como esta nos sacan del prisma habitual, del ombligismo y el etnocentrismo con el que actuamos irremisiblemente.

De igual manera que Saint Exupèry hizo habitar a su principito en todo corazón, Ana María Matute nos hace mudar de piel entre personajes cargados de enseñanza sobre el padecer humano y sus estribaciones hacia ese afrontar la vida como una aventura porque no queda otra que asumir eso, que la muerte es parte, que la pérdida es innegable. Abordarlo todo es esa conquista de territorios ignotos, entre la magia y sus vericuetos a cada disyuntiva de nuestro camino.

Repleta de fábulas y fantasías, narra el nacimiento y la expansión del Reino de Olar, con una trama llena de personajes, aventuras y un paisaje simbólico: el misterioso Norte, la inhóspita estepa del Este y el rico y exuberante Sur, que limitan la expansión del Reino de Olar, en cuyo destino participan la astucia de una niña sureña, la magia de un viejo hechicero y las reglas del juego de una criatura del subsuelo. Tejida de realidad y leyenda, de pasado y presente, Olvidado Rey Gudú constituye también una gran metáfora del alma humana y su historia, alentada por los deseos y las inquietudes que desvelan al ser humano desde hace siglos.

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Primera memoria

No hay transición más cruda que la de la infancia a la edad adulta. Dejar de ser niño puede parecer una intención marcada en todo adolescente, pero…, y si realmente lo que ocurre en esa edad «adolescente» es un acto de rebelión, un manifiesto en contra de lo que toca abandonar para pasar a ser…

Si el escenario es además una postguerra donde el presente y el futuro parecen un mismo muro, se puede entender fácilmente que la infancia todavía brille más como ese paraíso del que exiliarse forzosamente… Resumen: Los protagonistas de Primera memoria —Matia, Borja y Manuel— no quieren dejar de ser niños. Son adolescentes al borde del abismo de la edad adulta, con miedo a asomarse pero conscientes de que no tienen alternativa, de que no les queda más remedio que hacerlo. Se les acabó el tiempo.

Y el poco que les quedaba lo consume una guerra que acaba de estallar y que se alarga, en la lejanía, y lo ensombrece todo. «Quien no haya sido, desde los nueve a los catorce años, atraído y llevado de un lugar a otro, de unas a otras manos, como un objeto, no podrá entender mi desamor y rebeldía de aquel tiempo» dice una Matia adulta, recordando a la Matia de entonces, una niña de rodillas peladas, llena de rabia, desterrada por el abandono paterno en una isla cuyo nombre jamás se pronuncia.

En aquel largo verano del treinta y seis, y bajo la mirada vigilante de su abuela, ella y su primo Borja, un muchacho de quince años taimado y carismático, desgranan una rutina estival hecha de perezosas lecciones de latín, cigarrillos fumados a escondidas y escapadas en barca a las calas recónditas de la isla.

Sus pequeños secretos y maldades, el atisbo de la complejidad del mundo de los mayores tienen en Manuel, el hijo mayor de una familia marginada por todos hacia el que Matia siente un apego que no consigue definir, una caja de resonancia que hace pedazos la frágil alianza de conveniencia de los dos primos.

Con primera memoria da comienzo la trilogía Los mercaderes, concebida hace ya años en tres volúmenes. El segundo se titula, según un verso de Salvatore Quasimodo, Los soldados lloran de noche, y el tercero, La trampa.

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