Los vencejos, de Fernando Aramburu

Los vencejos vuelan sin descanso durante meses. No se detienen para nada porque son capaces de cumplir con todas sus exigencias vitales en constante vuelo. Lo cual puede que constante lo que la maravillosa sensación del vuelo puede suponer para un ser vivo.

Aramburu quizás tome a los vencejos como metáfora de la vida inquieta, del amor sin patria, de la noción de la existencia desde una posición privilegiada a esa altura en la que todo se divisa de otra forma, sin que nada estorbe a la completa visualización de lo que llevamos y lo que nos queda.

En una novela tan interesante como oportuna, Aramburu suelta amarras con su superventas Patria y tan solo deja un poco la maroma sin replegar para que los que se acercaron a su literatura por su vertiente sociológica todavia encuentre remanso en esa imagen de la España en ebullición.

Toni, un profesor de instituto enfadado con el mundo, decide poner fin a su vida. Meticuloso y sereno, tiene elegida la fecha: dentro de un año. Hasta entonces cada noche redactará, en el piso que comparte con su perra Pepa y una biblioteca de la que se va desprendiendo, una crónica personal, dura y descreída, pero no menos tierna y humorística.

Con ella espera descubrir las razones de su radical decisión, desvelar hasta la última partícula de su intimidad, contar su pasado y los muchos asuntos cotidianos de una España políticamente convulsa. Aparecerán, diseccionados con implacable bisturí, sus padres, un hermano al que no soporta, su exmujer Amalia, de la que no logra desconectarse, y su problemático hijo Nikita; pero también su cáustico amigo Patachula. Y una inesperada Águeda. Y en la sucesión de episodios amorosos y familiares de esta adictiva constelación humana, Toni, hombre desorientado empeñado en hacer recuento de sus ruinas, insufla, paradójicamente, una inolvidable lección de vida.

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