Las 3 mejores películas de Tom Hanks

Uno de los rostros amables del Hollywood más popular. Tom Hanks es, en esa apariencia inmarcesible, una especie de Jordi Hurtado a la americana que ha conseguido llegar al gran público con variadas interpretaciones camaleónicas. Pero además de su aspecto cercano también guarda su colección de oscars que atestiguan un reconocimiento más académico. Un prestigio dual ganado a base de acertar en sus registros y en la selección de las producciones donde dar la cara como actor principal o de reparto.

Tipos como Tom Hanks son el contrapeso a galanes actuales del tipo Brad Pitt o Johnny Deep (si es que lo de «galanes» no queda ya desfasado en estos tiempos que corren). Porque es más fácil acercarse al rostro común para mimetizarse en la aventura de turno. Está bien eso de idealizar al protagonista en busca de remotos reflejos propios de espectador. Disfrutar de la vaga sensación, del remoto parecido con ese mirar de nuestros ídolos del celuloide. Luego ellos ya se ocupan de intentar hacernos participar de su interpretación hacia lo legendario o de sumergirnos en contrastes entre la imagen y el trasfondo del alma.

Tom Hanks se ocupa de hacerlo todo creible desde el primer gesto. Y así empieza ese viaje verosimil para nosotros, ciudadanos de a pie incluído Tom Hanks. Con él podemos acercarnos a esa trama para vivirla en el pellejo de otro. Ventajas de no tener la fisionomía perfecta para conjugar realismo con cualquier otro componente de ficción. Naturalidad, interpretación excelsa hasta conseguir esa sensación de espontaneidad. Un logro que, como actor, es lo que más importa. Y por cierto, haciendo un paréntesis, también Tom Hanks hace sus pinitos como escritor, lo tienes aquí.

Top 3 películas recomendadas de Tom Hanks

Forrest Gump

Metafórica, hiperbólica, simbólica… Forrest Gump es una película que aborda la discapacidad desde un punto de vista alegórico. Y la fantasía en ocasiones sirve más a la causa de la emotividad que el realismo más concienciador. Porque todos sabemos que el prodigio de Forrest Gump es una quimera. Pero el mero hecho de plantear ese titánico devenir de Forrest por el mundo consigue que elevemos también la vista al observar a cualquiera que se enfrenta a su cotidianeidad más épica desde la diferencia o la limitación.

Hacía falta un actor como Tom Hanks para conseguir transmitir todo lo que transmite Forrest. Solo Tom Hanks podía hacer del personaje algo tan histriónico como cercano. Sin más estridencias que las propias exageraciones planteadas como sustento alegórico de la trama, Forrest nos lleva por aquel Estados Unidos en ebullición entre guerras, reinvindicaciones sociales, despertares contraculturales, movimiento hippie incluído para salir victorioso de cada nuevo reto que la vida le ofrece.

Luego está la vertiente del amor imposible, de la idealización que cualquier persona puede atravesar como ese momento vital de enamoramiento que en el caso de Forrest es un magisterio de las emociones entre la abnegación, un punto de idealización incluso en la sensación de la fidelidad como la única forma de entender el amor. Idíllico, utópico, quizás. Pero no deja de ser una enseñanza sobre aspectos de la entrega a la persona amada bastante aparcados por imposiciones más individualistas.

Además ese una película divertida, cargada de humor, justo el contrapeso perfecto para predisponernos al lagrimeo invencible en las mejores escenas. Y será por escenas cargadas de ese humor cargado de emotividad… porque desde los míticos bombones, hasta la amistado con Bubba Gump o la salida a trotar un rato de costa a costa de Estados Unidos. Momentos únicos del cine.

Recuerdo el día en el que, en la mismísima Times Square, compré mi camiseta de Bubba Gump. Y es que se trata de una película que hace mitos de cada uno de sus personajes que pivotan en torno al bueno de Forrest.

Náufrago

No debe ser nada fácil abordar un papel como el que llevó a cabo Tom Hanks para ese náufrago llamado Chuck Nolan. Un empresario de una empresa de reparto que es salvado de la muerte en el mar al ser arrastrado hasta una isla remota. Él, que vive de contemplar el tiempo como la herramienta esencial para conseguir sus objetivos, dispone ahora de todo un océano de agua y tiempo. La cuestión es, cuando se levanta y contempla la soledad a su alrededor, qué hacer con todo el tiempo que se le viene encima. Optimizarlo es sobrevivir. Nunca tan esencial ese vencer de segundos, minutos, horas, días, meses y años hasta conseguir volver a casa.

Paradójicamente, hasta la costa de su isla van llegando paquetes de diferentes envíos pendientes de su empresa. Nunca llegarán a su destinatario, clientes insatisfechos, negocio en declive. Poco importa eso ahora… O mucho, por eso se queda con uno de los paquetes sin abrir, en espera y esperanza de poder entregarlo él mismo en su destino. Es considerar esa opción o desfallecer ante la idea de que jamás podrá volver a encontrarse en su antiguo mundo de entregas «on time», de su mujer y su proyecto de familia.

Lo peor es curiosamente algo nimio. Un dolor de muelas que lo va llevando a mal traer con ese dolor irreparable sin su buen dentista que llevaba meses esperándolo en su vida real. Y lo más peor aún, conforme el tiempo pasa y el dolor aumenta, es que todo se acumula. Porque nuevos dolores lo asoman a abismos en lo más alto de la playa, donde una rama pende como invitándolo a convertirse en bandera de ese lugar dejado de la mano de Dios.

Sin diálogo alguno, salvo la aberrante conversación con Wilson, la pelota que pasa a ser su confidente, la aventura por la supervivencia nos acerca a miedos atávicos rodeados de exuberante belleza de la isla, de las noches plenas de estrellas. Remontar las olas que rompen en la isla requiere de pericia y de un ánimo que Chuck está a punto de perder en sucesivos intentos por salir de ahí navegando sobre cualquier embarcación rudimentaria.

Hasta que lo consigue y empieza a navegar a la deriva, sin rumbo, sorteando tormentas en medio de un océano hermosamente hostil. Se encuentra con una ballena que lo observa con lástima. Llegado el amanecer de su fortuna un gran barco pasa a su lado y lo recoge al borde del fallecimiento. Lo que le espera en su mundo anterior tras años dado por muerto es una soledad aún más grande que la padecida en aquel pedazo de tierra que lo acogió para convertirlo en un Ulises extrañado que regresa de su Itaca sabiendo que no hay utopías en esta Tierra.

La milla verde

En un protagonismo compartido, Tom Hanks encarna a un Paul Engecomb sobre el que pende una espada de Damocles en torno a la justicia. La historia de Stephen King encontró una gran réplica en esta peli que nos hace fantasear en torno a ideas del bien y del mal, de extrañas casualidades que plantean la salvación en manos de quienes menos adoran los humanos. Algo así como un nuevo Jesucristo que carga con los pecados de todos, que expía malas conciencias de los verdaderos monstruos frente a los cuales el ser humano también saca su lado más monstruoso y vengativo.

Porque el negro John Coffey encarna al peor de los males, al ominosos ser en cuyas manos aparecieron las dos niñas asesinadas vilmente. No hay redención posible para él. Será uno más de los que cabalguen el rayo tras recorrer la milla verde. Y sin embargo el gigante John Coffey contrapesa ese odio concentrado en él con un poder sanador sin igual. Solo que, como pasó con Jesucristo nadie puede creer que no se trate de un monstruo. Y con su muerte acabará todo.

Hasta el día de su ejecución conocemos de sus capacidades, de su magia, de sensacione de rabiosa humanidad entre barrotes, donde los malos pueden estar fuera mientras que las almas sobre las que se focaliza la justicia más sumaria solo ofrecen arrepentimiento de obras que quizás nunca hicieron.

Una peli en la que adoramos a John Coffey, esperando que la justicia pueda revocar su sentencia final. Porque en sus manos todo mal desaparece, todo ánimo afectado se recupera. En su rol antagónico encontramos a Percy Wetmore, un niño pijo colocado como funcionario de prisiones para que trate de tener algún trabajo ante su incapacidad manifiesta y sus frustraciones capaces de convertirlo en un personaje odioso. Justo castigo encuentra al final el tipejo en cuestión…

Como suele pasar con las historias contadas por Stephen King, ya sean de pleno terror o de fantasía, sus finales nos ofrecen ese particular punto de meditación sobre aspectos insospechados que asaltan lo trágico, lo moral, lo mágico como parte de un imaginario popular que bordea creencias o miedos.

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