La señora Potter no es exactamente Santa Claus, de Laura Fernández

Desde que el mundo es mundo el ser humano ha pretendido la inmortalidad de la obra maestra que lo compare con el Hacedor de las grandes cosas. Y a su vez la simple nota flotante de la perfección nos asoma a una sensación de plenitud que bordea tanto la autocomplacencia como el fracaso. Louise escribió una obra maestra infantil que ríete tú del principito de Saint Exupèry. La cuestión es si es soportable esa eternidad de la misma forma que se lleva dificil la levedad del ser, que diría Kundera.

La fama de la desapacible Kimberly Clark Weymouth, una pequeña ciudad eternamente aquejada por heladas ventiscas y mucha nieve, y donde Louise Feldman ambientó el clásico infantil La señora Potter no es exactamente Santa Claus, permitió a Randal Peltzer abrir una exitosa tienda de souvenirs. Cada día, la ciudad recibe a lectores de la excéntrica escritora y, a regañadientes, vive de ella. Pero ¿qué pasaría si, harto de un destino que no ha elegido, Billy, hijo de Randal, decidiese cerrar la tienda para mudarse a otra ciudad? ¿Podría Kimberly Clark Weymouth permitirse dejar de ser el lugar que ha sido siempre y convertirse en otra cosa?

Bajo la exuberante prosa y la imaginación sin límites de Laura Fernández, se esconde una sólida historia sobre la maternidad, la creación y la renuncia, el arte como refugio y la soledad del incomprendido, en este cruce entre una novela de Roahl Dahl para adultos y un alocado y digresivo T.C. Boyle que hubiera leído más de la cuenta a Joy Williams. La señora Potter no es exactamente Santa Claus pretende hacer saltar por los aires la sola idea de la existencia del relato, o del relato único de aquello que somos, porque si algo somos es una infinidad de posibilidades.

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