La felicidad del lobo, de Paolo Cognetti

Entre lo bucólico, lo atávico y lo telúrico. La narrativa de Cognetti es ese pisado firme frente al apabullante paisaje que a la vez nos auna con insondables formas de grandeza. La insoportable levedad del ser humano, que diría Kundera se antoja por momentos eternidad entre rocas milenarias que sin embargo ceden su turgencia ante los movimientos tectónicos que las acabarán deborando. Y es que nada es eterno en última instancia.

Rodeado de imponentes montañas se encuentra el pequeño pueblo alpino de Fontana Freda, un lugar ideal para empezar de nuevo. A principios de otoño, Fausto decide dejar atrás un matrimonio fallido y la vida asfixiante de Milán para instalarse durante una temporada indefinida en la zona donde pasó los veranos de su infancia.

Aquí intentará encontrar una nueva voz a su escritura mientras ejerce de cocinero en el restaurante regentado por Babette y traba amistad con algunos de los escasos lugareños: un guarda forestal retirado al que le interesan poco los asuntos humanos y una joven camarera que se encuentra de paso a la búsqueda de las montañas de cuatro mil metros que conoció en los libros. El otoño cede ante el invierno, y los pastos y los ganaderos dan paso a las nieves y a los primeros esquiadores, pero también al inminente regreso de los lobos, que, junto al viento, recorrerán los profundos valles.

Después de Las ocho montañas, la prosa cristalina y apacible de Paolo Cognetti regresa con una novela purificante que tiene la capacidad de ensanchar los pulmones y ampliar el horizonte. La felicidad del lobo evoca el poder de la naturaleza de la alta montaña, de sus cimas y bosques, de sus refugios y de sus animales para indagar en la libertad y los sueños.

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