El enigma de la habitación 622, de Joel Dicker

El enigma de la habitación 622
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Muchos somos los que esperábamos el regreso del Joel Dicker de los Baltimore o hasta de Harry Quebert. Porque ciertamente, el listón bajó bastante en su novela sobre la desaparición de Stephanie Mailer.

Quedó ese regusto de intento de superación imposible, de mejora en la tensión sobre los giros y los focos entre tantos posibles asesinos. Pero se perdió el flujo más natural de la trama, el descubrimiento de los motivos hondos para lo ominoso del crimen. En cualquier otro autor se hubiera perdonado porque la novela es muy buena. Pero Joel Dicker nos tenía mal acostumbrados en la excelencia.

Y por supuesto los personajes tenían menos fuerza. Porque la relación entre los “hermanos” Baltimore hilvanaba una fascinante tela de araña hecha preciosista híbrido entre el género negro y un desconcertante existencialismo. Mientras que en el caso de Harry Quebert, su relación con Marcus Goldman resultó ser antológica por varios flancos, incluso en cuanto al propio aspecto metaliterario de su interacción.

Una vez vencida la última página de este nuevo libro me quedan sensaciones encontradas. Por un lado considero que el caso de la habitación 622 se extiende sobre las mismas hondas del caso Harry Quebert, superándolo por momentos cuando la novela habla de quien la escribe, del Joel Dicker enfrascado en los dilemas del narrador mimetizado en primera instancia como primer protagonista. Un protagonista que va prestando a todos los demás intervinientes esencia de su ser.

La aparición de Bernard de Fallois, el editor que hizo de Joel el fenómeno literario que es, eleva estos fundamentos metaliterarios hasta una entidad propia que está dentro de la novela porque así está escrito. Pero que acaba escapando al sentido de la trama, porque se hace más grande que lo propiamente relatado pese a ser una ínfima parte de su espacio.

Se trata de la consabida magia de Dicker, capaz de presentar varios planos a los que accedemos subiendo y bajando escaleras. Desde los sótanos donde se almacenan los desordenados motivos del escritor para llenar páginas antes del único final posible, la muerte; hasta el espectacular escenario donde llegan esos extraños aplausos sordos, los de los lectores que van pasando páginas con imprevisible cadencia, con el barullo de palabras que resuenen entre miles de imaginarios compartidos.

Empezamos con un libro que nunca se escribe, o que al menos se aparca, sobre Bernad, el editor desaparecido. Un amor roto por la ineludible pujanza de las palabras empeñadas en el argumento de una novela. Una trama que trasiega entre la imaginación desbocada de un autor que presenta a personajes de su mundo y de su imaginación, entre trampantojos, anagramas y sobre todo supercherías como la del protagonista esencial de la novela: Lev.

Sin duda Lev vive más vidas que nadie del resto de personajes concitados en torno al crimen de la habitación 622. Y al final el crimen acaba siendo la excusa, lo trivial, casi accesorio por momentos, un hilo conductor que solo cobra relevancia cuando la trama se asemeja a una novela negra. Durante el resto del tiempo el mundo transcurre en torno a un Lev hipnótico incluso cuando no está.

La composición final es mucho más que una novela negra. Porque Dicker siempre tiene esa pretensión fraccionada de hacernos ver mosaicos literarios de vida. Desestructurar para mantener la tensión pero también para poder hacernos ver los caprichos de nuestras vidas, escritas con esos mismos guiones ininteligibles en ocasiones aunque con pleno sentido si se observa el mosaico completo.

Solo que en ocasiones es peligroso ese afán casi mesiánico de gobernar sobre toda vida hecha novela y sacudirla como un ingenioso cóctel. Porque en algún capítulo, durante alguna escena, puede que algún lector pierda el foco…

Es cuestión de ponerle algún pero. Y también es cosa de esperar siempre tanto de un gran bestseller con un estilo tan personalísimo. Sea como fuere, no se puede negar que esa primera persona en la que todo se narra, con el añadido de representársenos al propio autor, nos tiene ganados desde el primer momento.

Después están los famosos giros, mejor conseguidos que en La desaparición de Stephanie Mailer aunque por debajo de la para mí su obra maestra “El libro de los Baltimore”. Sin olvidarnos de los jugosos bordados, tejidos como complementos por un sabio y pragmático Dicker en busca de más ganchos. Me refiero a esa suerte de introspección humanista y brillante que vincula aspectos tan dispares como el destino, la fugacidad de todo, el amor romántico frente a la rutina, las ambiciones y las pulsiones que las mueven desde lo más hondo…

Al final hay que reconocer que, como el bueno de Lev, todos somos actores en nuestras propias vidas. Solo que ninguno de nosotros proviene de una familia de consagrados actores: los Levovitch, siempre dispuestos para la gloria.

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