Dust in the wind

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A veces de una canción sale una historia.
Y así llegó esta, hace bastantes años…
Te invito a que le des al play y leas

El silbido de las aspas de los molinos escondía una canción. El compositor Kerry Livgren lo sabía y esperaba paciente poder arrancar de su guitarra las notas que descifraran el murmullo del viento. Ese sonido que venía persiguiendo por muchos puntos del mundo, de donde extraería una música celestial hasta el momento encerrada bajo acordes inescrutables.

Inicialmente pudo ser una fantasía o una locura, pero Kerry ya creía firmemente en el delirio que le había conducido a perseguir con tesón la melodía de Eolo.

Había empezado su errante viaje visitado África, tenía entendido que en el Sahara los remolinos de arena cegaban y rasgaban la piel, sin embargo le aseguraron que era allí donde se podía escuchar claramente el rugido del viento en toda su magnitud.

Extraviado en mitad del desierto, Kerry convivió varias jornadas con Antoine de Saint Exupery, otro viejo loco que pasaba las frías noches del Sáhara escribiendo las aventuras de un joven principito. Las tormentas nocturnas de arena ayudaban al piloto francés a concentrarse en su obra, sin embargo Kerry Livgren no pudo extraer de ese fuerte viento ni una sola nota para su guitarra.

Continuó su locura en busca del temido viento del Polo Sur, apercibido de que el silbido de la Antártida podía acuchillar la piel mientras su frío manto adormecía los músculos. Sin meditarlo profundamente se embarcó junto al aventurero Admunsen, cuyo diario refleja la travesía por las tierras de hielo de la Antártida, hasta colocar la bandera de Noruega justo a los noventa grados, latitud sur.

En aquel punto, los ramalazos de las heladoras ventiscas del Polo podían mostrar la música que Kerry andaba buscando, pero las cuerdas de su guitarra quedaban heladas y sus dedos se entumecían, imposibilitándole siquiera afinar su instrumento.

Sin perder la esperanza escogió un punto lejano del hemisferio contrario, la gran ciudad de Chicago, donde había leído que soplaba uno de los vientos más constantes que conoce la civilización occidental. Descubrió con satisfacción como las corrientes se colaban entre las torres de hormigón, zumbando hasta encoger a los habitantes de la gran ciudad.

Kerry se sentaba en cualquier banco de los suburbios de Oak Park donde conoció a Ernest Hemingway, un escritor huraño, gran aficionado a sobrealimentar con migas de pan a las palomas. El literato se interesó sobremanera con su idea de extraer la música del viento con la guitarra, muchas veces le preguntaba retóricamente: “¿Por quién doblan las campanas?” Y el mismo se respondía: “Por el viento, amigo, por nada ni por nadie más”.

Una mañana, tras buscar nuevas notas, desesperantemente en balde, Kerry decidió abandonar Chicago. Achacó su fracaso a la contaminación acústica de la urbe, que entorpecía la audición plena de un viento agonizante y violentado por rachas incomprensibles cortadas por los rascacielos.

Desde la gran ciudad estadounidense, Kerry Livgren viajó junto a Hemingway en dirección a España. Se despidieron en Pamplona, pues el escritor decidió quedarse en la capital Navarra para visitar por primera vez los Sanfermines.

Kerry continuó más hacia el sur, donde le dijeron que las guitarras ya sonaban hacía años al capricho del viento. Anduvo por diversos parajes hasta descubrir cómo en La Mancha los molinos utilizaban el viento para el provecho de su mecanismo primario.

En ese mismo instante intuyó que se hallaba ante el mejor ejemplo de lo que buscaba. Podía enfrentarse al viento como un molino, haciéndole ver que se rendía a la fuerza invasora de su soplo para luego utilizar esa energía en provecho propio. Sin duda debía hacer lo mismo, dejar que sus manos fueran nuevas aspas que movieran las cuerdas de su guitarra.

Por fin parecía revelarse la simpleza del asunto. El propósito de su búsqueda lo cumpliría mostrándose ausente, desnudo de su consciencia, plantándose inerte como los blancos molinos y dejando que sus dedos se deslizaran entre las cuerdas, afinadas en espera del mensaje eólico.

Después de su periplo por medio mundo, en aquel instante Kerry se encontraba bajo el sol de La Mancha, apoyando su espalda en la encalada pared de un molino, queriendo formar parte de esa misma construcción. Empezaba a sentir cómo nacía el racheado soplo que empujaba los armazones de madera, haciéndoles rotar y rotar con su sombra cíclica que se alargaba con el paso de nuevas horas vanas.

De repente, el ruido de unos cascos delató el galope de algún caballo desbocado. Kerry Livgren salió de su trance y se puso en pie. Vio a un jinete que cabalgaba con brío hacia el molino donde él se encontraba. La luz del sol hacía refulgir la armadura de aquel jinete, descubriéndolo como un caballero que avanzaba al grito de “non fullades, cobardes y viles criaturas, que un solo caballero es el que os acomete”.

Cuando aquel caballero de lanza en ristre arremetió incomprensiblemente contra el molino, el silbido de las aspas tornó en un estruendoso crujido que acabó por aventar la lanza del caballero, como si de una flecha se tratara.

Kerry Livgren intuyó que aquella canícula veraniega no era del todo saludable, debía derretir los sesos; de ninguna otra manera podía entenderse la escena que acaba de contemplar.

Sin tiempo para reaccionar, Kerry avizoró como hasta el lugar del accidente se aproximaba otra persona, un hombre oriundo que avanzaba ridículamente a lomos de una onagra montura. Ambos, hombre y animal, resoplaban aparatosamente.

Una vez llegado hasta el punto fatídico de la caída, por la forma de tratar al herido, Kerry adivinó que aquel segundo hombre le ofrecía algún tipo de servidumbre.

El aparente sirviente se presentó como Sancho Panza, para posteriormente limitarse a encogerse de hombros ante Kerry, quien seguía contemplando anonadado la escena con la boca abierta y sin separarse de su fiel guitarra.

Entre los dos colocaron al Señor de destartalada armadura a la sombra, le retiraron el oxidado yelmo y le dieron un trago de agua. Mientras aquel individuo de rostro arrugado, barba amarillenta y ojos extraviados todavía no podía articular palabra, Sancho Panza le reprendía por enfrentarse a un molino pensando que desafiaba a un gigante.

Descubrieron que el accidente no había sido grave cuando Don Quijote retomó el habla para justificar su actitud con argumentos rocambolescos, apelando a una mutación de los gigantes en molinos para menoscabo de su gloria como caballero.

Por suerte, el caballo de aquel loco no se había dado a la fuga, ni fuerzas que tenía para hacerlo. Además de sus movimientos erráticos por el susto del golpe, el jamelgo mostraba a simple vista su preocupante delgadez, en sintonía con la apariencia de su dueño.

Sancho Panza ayudó a Don Quijote a subir a su montura, que de inmediato se quejó del peso con un bufido. Finalmente ambos emprendieron nuevo viaje sin dejar de aleccionar el caballero a su vasallo.

El estrepitoso suceso había levantado una polvareda pardusca. El compositor Kerry Livgren sonrió observando las partículas de polvo ascender al son del movimiento de las aspas del molino. En medio de la nueva escena entreabrió sus labios y aseguró en voz baja: “Todo lo que somos es polvo en el viento”.

Entonces, el famoso compositor cogió su guitarra y, a la templanza de sus dedos movidos por el viento, empezó a canturrear en inglés los primeros acordes de una canción. Con una alegría inmensa que brotaba a cada nota gritó y se desgañitó: “dust in the wind…all we are is dust in the wind”.

 

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