Buena mar, de Antonio Lucas

La inmensidad fascina tanto como puede llegar a extender la sensación de monotonía. Todo depende del tiempo de observación. Porque no es lo mismo adentrarse en el mar para sumergirse en sus aguas mansas a brazada limpia o para subirse a sus olas, tabla en ristre, que irse a pasar unos días de trabajo en un hábitat que no es el propio.

Los peces boquean fuera del agua, el hombre sabe que una mala tormenta puede ser la diferencia entre surcar los mares o sumergirse en ellos. En el ínterin toda singladura es un viaje a ninguna parte confiado en instrumentales y buena suerte. Los quehaceres propios del pescador de alta mar lo alejan de ese «natural extrañamiento» del hombre boqueando fuera de la tierra firme.

El narrador de Buena mar se embarca, de la manera más literal posible, en un viaje de trabajo. Lo hace porque es periodista y quiere descubrir cómo viven y faenan esos hombres que pasan su vida en alta mar para que nosotros podamos comer pescado fresco. Esta travesía hacia lo desconocido —nunca ha navegado y apenas conoce del mar más que la playa— es también un viaje hacia su propiointerior, pues lo que conoce en tierra firme en realidad parece irse a pique: su trabajo, su pareja, su casa, su vocación, su vida entera.

Cómo se vive rodeado de agua, cómo van pasando los días entre los timbrazos que anuncian que la red está llena, cómo se ve el horizonte desde un viaje que no se parece a ninguno, qué esperar del trayecto hacia Gran Sol, uno de los caladeros más complicados del mundo. Con esta experiencia, vivida a través de su propia inocencia pero también a través de la mirada y la sabiduría que la tripulación poco a poco le va prestando, Antonio Lucas trae a nuestras manos la épica de un trabajo agotador y tan desconocido como apasionante.

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