Alegría, de Manuel Vilas

Alegría, de Manuel Vilas
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Es curioso pero Manuel Vilas siempre es capaz de encontrar lo puro entre lo bastardo del triste conductismo social actual. Una vez que la “felicidad” ya quedó asediada constantemente por campañas de marketing y anuncios al estilo del show de Truman, queda libre otro término que, por lo que sea, no encaja tanto, hasta ahora, en los grandes centros imaginólogos del consumo y lo material.

Se trata de la palabra “alegría”. Quizás por dirigirse más a lo emocional sin connotaciones materiales posibles, ALEGRÍA es un reducto de paz, un bunker inalcanzable por el blitz mercantilista. Porque una sonrisa perfecta de anuncio no puede conseguir el efecto de la transmisión directa de la alegría. El engaño se queda solo para considerar que puedes ser más feliz por tener más cosas materiales. Pero la alegria no tiene engaño posible.

Un buen escritor como Vilas, con ese don para el funambulismo entre el humor y lo profundo sabe que sus desnudos de alma alcanzan ese nivel de provocación en todo tipo de lectores. Ocurrió en Ordesa y vuelve a conseguirlo con Alegría y sus espejos entre lo autobiográfico y lo novelado.

El nuevo escritor de éxito se enfrenta a su habitual gira de promo around de world, con ese contacto directo con tantos y tantos lectores que lo empapan de esa mágica ósmosis de las perspectivas sobre lo leído. El ego del autor se compensa pronto con esa soledad esencial del escritor, con esa vida rutinaria que puede pasar desapercibida en la mayoría de lugares por los que va.

Y la soledad es ese lugar de encuentro con la alegría pese a todo. Una alegria que se manifiesta desde el sincero análisis de las circunstancias por crudas que vengan dadas.

No es que la novela apunte a una suerte de ejemplificación hacia la autoayuda. Porque la prosa de Vilas no permitiría tal consideración. Pero encontrarse con el narrador de esta historia sí que sirve para disfrutar con una lucidez caleidoscópica, saturada de fascinantes impresiones en ese camino dantesco de hoy hacia la verdad de cada cual, hacia lo que nos puede dar los momentos de alegría que componen la parcela de felicidad auténtica de la paternidad, de los recuerdos de nuestras grandes pérdidas, de los equilibrios entre tentaciones y sacudidas que nos mueven hacia el porvenir.

Para alguien que descubrió a Vilas en las redes sociales, como un tipo que mantenía interesantes conversaciones humoríticas con Dios, siempre se pueden esperar grandes cosas. Al final Dios lo escuchó y le concedió el don de saber contar pequeñas grandes historias.

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