3 mejores libros de Mario Bellatín

En alguna ocasión, cuando soñaba con ser escritor, me fastidió la concesión de un premio literario en el que había participado a una obra que me pareció infumable. Se trataba de no encontrarle el hilo conductor ni la acción ni el magnetismo de los personajes. Una obra desarraigada de toda idea literatura. O eso me pareció.

Hasta que después fui descubriendo en muchos autores esa actitud vanguardista que aquella obra en cuestión ya rezumaba entonces. Desde Cortázar hasta Levrero. Nada mejor que un despertar a nuevas posibilidades para que los necios se estampen con sus propias limitaciones. Y entonces yo era necio, quiero pensar que por joven todavía.

Todo esto para partir de ese reconocimiento hacia lo experimental de un Mario Bellatín que bien pudo ser aquel tipo que arrasó en un premio literario al que solo concurrían necios, advenedizos sin futuro y ya sí algún otro que acabo ganado como él mismo. La cosa es que hoy este autor es un gran referente de ese extrañamiento necesario en la literatura para contar las historias sin estereotipos ni condicionantes subjetivos de cualquier tipo. Así se hace filosofía que parte del vaciado de la alienación, de la nausea que prorrumpe en caja de pandora.

Lucidez sin filtros. Un mundo próximo que se torna fabuloso hasta la comicidad pero que aborda esencias de lo existencial que van del amor a la muerte, de la deshumanización a la fe. Bellatín consigue que la literatura sea algo más porque además se acerca a la crítica social, a los escenarios incómodos y a los dilemas con significado, en búsqueda de una sensación lectora de cercanía que más que empatía es implicación.

Top 3 libros recomendados de Mario Bellatín

Salón de belleza

Una extraña epidemia está fulminando poco a poco a los habitantes de una gran ciudad. Los moribundos son repudiados por sus semejantes, sin siquiera un lugar donde ir a morir. Un peluquero decide acogerles en su salón de belleza, un espacio que se convertirá en el último refugio de los infectados. No pretende curarles, solo darles cobijo durante sus últimos días. No habrá más testimonio de tal acto de solidaridad desinteresada que los peces exóticos que decoran el salón dentro de sus acuarios.

El desamparo, el dolor y la muerte convivirán en ese espacio claustrofóbico que se revelará, sin embargo, como muestra definitiva de la vida en toda su fragilidad. Hay escrituras premonitorias porque, a decir verdad, tampoco hay que ser Nostradamus para adivinar que estamos precipitando el final. Solo que cuando el asunto va por virus en lugar de por hecatombes climáticas y todo se narra antes de esta pandemia…

«La presente versión actualizada de Salón de belleza -realizada más de veinte años después de su primera publicación- da cuenta de un delicado ejercicio de equilibrista, donde la meta puede ser entendida como escribir nuevamente para que la escritura original se mantenga intacta. Para mí como creador, la experiencia llevada bajo la atenta vigilancia de la señora Guillermina Olmedo y Vera fue similar a la de devolver su esplendor a un antiguo jardín. Un minucioso trabajo de desbrozo, exhaustivo hasta casi llegar a lo invisible, donde la nueva lectura logra que ese jardín adquiera un tono de verde realmente intenso, un placer acompañado del olor penetrante del césped acabado de cortar.»

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Bola negra

Todo cobra otra dimensión cuando se acompaña por ilustraciones ingeniosas de quien es capaz de recomponer el imaginario con esa fuerza de la síntesis hacia el concepto. Un buen ejemplo es esta conversión del gran relato de Bellatín en una sucesión de imágenes que más que presentarnos escenas encadenan la narración como una sucesión de movimientos que transforman todo en esa cuarta dimensión entre las palabras y las imágenes confabuladas.

Un entomólogo japonés que mantiene una peculiar relación con la comida (su prima murió de anorexia y su primo se convirtió en un destacado luchador de sumo), y cuya familia aún se rige por los antiguos preceptos japoneses, decide por voluntad propia dejar de comer después de un extraño sueño que tiene una noche. A partir de este sueño empieza a recordar distintos sucesos inexplicables que comenzaron la primera vez que viajó a África. Este relato de Bellatin, adaptado por Liniers y por el propio narrador, posee un aroma pesadillesco e inquietante, que lo convierte en un diamante singular en el mundo del cómic.

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Disecado

¿Quién puede afirmar con honestidad que jamás se ha postrado frente a un espejo y sentido que la imagen que éste le devuelve es la de un extraño? ¿Quién puede aseverar que jamás se ha sentido un pasajero extraño dentro de su propio cuerpo o se ha quedado horrorizado al recuperar de la memoria acontecimientos realizados por uno mismo pero que parecieran obedecer a una lógica completamente ajena a la propia?

Ese desdoblamiento, ese pequeño intersticio entre nuestro ser, el que enfrenta las vicisitudes de la cotidianeidad, y ese yo que pareciera habitar en un tiempo que es todo menos presente, es el mundo en el que transcurren las dos nouvelles que conforman este fascinante libro de Mario Bellatin. En el texto que le da título al libro, el narrador observa ese ser autónomo pero dependiente de su existencia, al que no sin cierto asomo de duda llama ¿Mi Yo?, sentado en el borde de su cama.

A partir de este hecho en apariencia sencillo las múltiples voces que configuran al autor alternan narraciones por las que desfilan excéntricos personajes inmiscuidos en no menos extravagantes situaciones como un filósofo travesti, un masajista ciego y un niño que se convierte en el máximo experto en canarios del país.

El relato que cierra el libro, El pasante de notario Murasaki Shikibu, trazado bajo la misma línea subversiva de la metamorfosis múltiple (en esta ocasión es la escritora Margo Glantz la que se transfigura lo mismo en la célebre escritora japonesa Murasaki Shikibu que en un pasante de notario), combina parajes y seres místicos y mitológicos, como las cuevas de Ajanta en la India o un enorme y terrible Golem que azota la ciudad en la que habita la protagonista de la historia. Al final, nos queda la certeza de aquello que el narrador de Disecado afirma con total convicción: «la realidad es un pálido reflejo de cualquier acto creativo». Especialmente cuando el suceso de escritura proviene de Mario Bellatin, uno de los más geniales narradores de nuestro tiempo.

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