3 mejores libros de Luis Mateo Díez

En torno a cincuenta libros y casi todos los más grandes galardones literarios acopiados como justificante oficial para asegurar que hablamos de cantidad y calidad. Luis Mateo Díez es uno de los narradores esenciales de nuestro tiempo, prolífico como José María Merino con quien se puede decir que compone un tándem por generación y por la innegable capacidad creativa. Para ellos dos no parece existir el pánico al folio en blanco.

En lo de lidiar con tantas y tantas historias, Mateo Díez maneja todas las suertes y tan pronto parece arrancarse por un surrealismo kafkiano o hasta notas de ciencia ficción distópica (componiendo una ligera escenografía desde la que elucubrar en tono existencialista), como que se aferra a la tierra con ese realismo telúrico del costumbrismo y el intimismo. Novelas, cuentos, ensayos y leyendas. La cuestión es escribir como legado vital.

En un autor tan entregado a lo literario como fundamento vital siempre parece arriesgado apuntar a sus mejores obras. Por eso en esta ocasión más que nunca hay que señalar aquello de lo subjetivo, de la recomendación más que de la determinación, como, además, nunca puede ser de otra manera.

Top 3 libros recomendados de Luis Mateo Díez

Juventud de cristal

Lo bello es frágil. Se trata del sino de nuestro mundo cambiante. La juventud en sí misma también tiene la noción de su existencia tan plena como pasajera. Y quizás de ahí partan los más grandes dilemas de la edad más hermosa.

Todas las contradicciones se observan con el tiempo como lagunas, algo así como inconcrecciones vividas entre hormonas pujantes y neuronas rabiosas de actividad. Hasta que una amarga lucidez nos devuelve a la idea de que no. Todo aquello de la juventud fue lo auténtico, lo completo, lo esencial.

Desde la edad adulta, Mina recuerda su primera juventud como si se tratara de olvidados fotogramas de una película antigua. Son los recuerdos de una época en la que una inquieta y alborotada Mina se dedicó ilusoriamente a ayudar a los demás como una forma de asumir sus propias carencias. Querer para que me quieran, parece ser su objetivo. Como si su propia existencia estuviera detenida, abocada a un letargo del que intenta salir viviendo la de aquellos que la rodean.

En Juventud de cristal Luis Mateo Díez cede la voz narradora a un personaje femenino lleno de matices y conmovedor, que se debate entre el desconcierto de sus impulsos y emociones, y a la que acompañan otros seres entrañables y quiméricos con quienes los límites de la amistad y el amor tienden a desdibujarse.

Narrador magistral, dotado de una capacidad extraordinaria para la evocación y un dominio del lenguaje en la mejor herencia de nuestros clásicos, Díez deslumbra en esta novela sobre la juventud, esa etapa de la vida en la que todo es posible pero también frágil, como el cristal de una copa delicada que contuviera la esencia de lo que acabaremos siendo.

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Los ancianos siderales

Como contrapeso a la tierna y abismal narración sobre la juventud que abordaba el autor en la novela anterior, esta otra historia supone la antítesis argumental, el acercamiento al otro polo donde todo lo biológico y lo mental compone una sinfonía desordenada, en ocasiones mágica en su caos.

El Cavernal, donde se desarrolla esta novela, puede parecer un establecimiento de acogida lleno de ancianos de muy variada especie y regido por las hermanas Clementinas. También podría pensarse que se trata de un aerolito desprendido de algún más allá estratosférico donde ni la edad ni el tiempo tienen nada que ver con quienes lo habitan. O, en último extremo, de una nave espacial a punto de partir con los ancianos más avispados y quiméricos, que han sido abducidos.

En cualquier caso, lo que sucede en el Cavernal no hay quien lo remedie y todo se envuelve en una suerte de disparatada aventura previsiblemente peligrosa. La novela que nos lleva a ese establecimiento puede resultar muy divertida y, al tiempo, misteriosa y desconcertante.

La imaginería entre expresionista y surrealista con que está escrita y tramada tiene el aire hipnótico de unos sucesos y personajes difíciles de olvidar, aunque haya que asumir el riesgo de quedar como lectores confinados de forma irremisible en el Cavernal, una experiencia tan perturbadora como hilarante.

Los ancianos siderales
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El árbol de los cuentos

La imagen del título suena a película de Tim Burton. El supuesto derroche de imaginación al que apunta la fantástica idea nos acaba cargando la cesta con una cosecha de sabrosos frutos, dispares pero del mismo árbol donde la brevedad de las narraciones entroncan con ese poderoso imaginario infinito del cuento como transmisión infalible de lo que somos.

“Reunir los cuentos que llevo escritos y publicados haciendo un largo recorrido ordenador entre los años 1973 y 2004, no me ha resultado fácil. Los cuentos se me van de las manos, las novelas las tengo más atadas, aunque también debo confesar mi condición de propietario indolente de mis ficciones. Lo que ya está escrito siempre me interesa menos que el proyecto en marcha, y la propensión de las invenciones al anonimato siempre me subyugó.

Los cuentos se me han ido de las manos en libros perdidos y recuperados, en colecciones sueltas, también en libros que no eran estrictamente de cuentos, libros en los que había cuentos además de otras cosas. Reunirlos es reconocerlos, dejar que vuelvan y adquieran la consistencia de las ramas del árbol al que pertenecen.

Ellos contienen, sin duda, huellas insustituibles de mi mundo literario, tonalidades y hallazgos variados y hasta puede que respondan a intereses y retos contrapuestos, tras la deriva de tantos años. La perfección del olvido, esa ambición moral y estética de que una ficción no necesite dueño, se corresponde muy bien con la ambición de un cuento perfecto, tan imposible como imprescindible.

No hay opción a las historias complacientes, la vida que se gana en las ficciones siempre debe ser más poderosa que la verdadera.

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