3 mejores libros de Colson Whitehead

Trasegando desde su bibliografía de ficción hacia sus incursiones entre lo ensayístico y lo divulgativo, Colson Whitehead se ha hecho hueco entre los grandes escritores norteamericanos.

Para un autor como Colson, que pronto evidencia esa querencia por la literatura con su componente de compromiso social, lo cronístico adquiere relevancia en muchas de sus obras. Se trata de plasmar esa parte siempre subjetiva (ya sea novelando o meditando) con visos a aportar en tan necesaria parcela de reflexión hacia consensos comunes y sentido también común.

Pero bajo la intención también encontramos el jugo de las buenas historias que lo encaramaron al Pulitzer y al National Book Award en el mismo año 2017.

Y es que buscando buenas historias con poso que desarrollar, Colson Whitehead también sabe equilibrarlo todo con personajes cargados de poderosa verdad y acciones dotadas de la tensión narrativa más precisa colmada con aspectos incluso fantásticos.

3 mejores libros de Colson Whitehead

El ferrocarril subterráneo

El susodicho ferrocarril es una vieja fantasía anclada en el imaginario de los esclavos de los campos de algodón estadounidenses, aunque realmente si se tradujo en un movimiento social abolicionista que ayudó a liberar a muchos esclavos por medio de rutas y “estaciones” como casas de particulares volcados con la causa.

Cora quiere, necesita alcanzar ese tren para escapar de la muerte o de la locura a la que es conducida a través de abusos y vejaciones.

Joven mujer, huérfana y esclava. Cora sabe que su destino es una realidad oscura, un tortuoso camino que solo la puede conducir como un animal maltratado a manos de un amo que paga con ella todo su odio.

Ante esa perspectiva, solo la ficción puede convertirse en un atisbo de mundo feliz. Pero a su vez puede ser un firme asidero al que Cora se aferra para seguir viva y para escapar de todo lo conocido en su reducida realidad de violencia y desprecio.

Cora emprende el viaje desde la primera estación de el ferrocarril subterráneo, con paradas a lo largo de todo un submundo donde pocas veces encontrará humanidad, más allá de los que le dan acogida y refugio en primera instancia.

Pero está claro que cuando todo es ignominioso, la pequeña muestra de esa humanidad que al menos te permite seguir viviendo, destella como una fulgurante esperanza que te puede seguir manteniendo con vida, al menos a alguien con la fuerza interior de Cora.

Lo que sufre, y lo que puede lograr Cora es algo que mueve la trama y que conmueve al lector, en ese juego de sombras y algunas luces. La lírica de la esperanza, entre lo avieso y la fantasía, componen una novela inquietante y ciertamente muy humana, donde Cora nos alcanza el corazón desde la inmundicia general.
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Zona Uno

Lo de la amenaza biológica, ya sea como un ataque prediseñado o como una pandemia descontrolada, sigue siendo un tema que, por atisbarse con cierta certidumbre y pesadumbre, sustenta tantas y tantas historias apocalípticas en la literatura o en el cine.

Pero puestos a ficcionar, para que una trama de esta índole destaque entre tantas otras, debe aportar algo diferente, escapar del típico formato de infección – batalla – solución extrema.

En el caso de este libro Zona Uno, con su tendencia hacia el género zombie, se consigue ese punto de terror con el que sazonar la trama con ese escalofrío del miedo.

Pero además, en la lectura se vaticinan sorpresas, misterios, giros. Una especie de negra premonición nos acompaña conforme nos vamos moviendo por Manhattan junto a Mark Spitz y su brigada.

En casos extremos, el valor de la vida es muy relativo. Todo depende de si estás infectado o no. De lo que se trata es de conseguir erradicar el mal que anhela apoderarse de toda la especie a golpe de bacteria.

Hasta aquí lo típico en estas historias de infecciones y de muertos vivientes. La Zona Uno es el epicentro, el baluarte defensivo del mal, la célula madre de la pandemia protegida por sus zombies como contumaces hormigas. Lo que pueda esconderse ahí es algo que Spitz y los suyos jamás podrían haber imaginado. Y ahí es donde la historia sorprende y fascina, donde agradeces haberte sumergido en una historia más de zombies que se transforma en una historia singular de zombies.

El punto de ruptura con tantas y tantas novelas y pelis precedentes tiene que ver con una especie de doble visualización de la historia.

Lo que ocurre en las calles de Manhattan y lo que los zombies, convertidos en símbolos, pueden llegar a significar en una sociedad consumista y en gran parte deformada sobre principios y realidad. Puede sonar trascendente, pero hay algo de este planteamiento sociológico entre los muertos vivientes y los que se ocupan de hacerlo desaparecer…

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El coloso de Nueva York

Nadie mejor que un escritor habitualmente de ficción como Colson Whitehead para presentar una ciudad que vive entre la realidad de ser ciudad universal y la ficción de constituirse como ciudad cinematográfica por excelencia.

Los ojos de Colson son una herramienta incomparable para ese visionado de la gran manzana como una urbe siempre por descubrir. Todos los que hemos viajado en alguna ocasión a esa meca de occidente regresamos con impresiones y sensaciones inolvidables. Nueva York es una ciudad amiga y a la vez una alienado espacio irreal donde dificimente se puede compaginar una vida familiar a la vieja usanza.

Nueva York es una ciudad de jóvenes soñadores y de ricos capitalistas, un contraste de opulencia y carestía, una riquísima amalgama de barrios con identidad cultural propia que borra todo lo que les circunda en cuanto penetras en ellos.

Un domingo en el Harlem huele y sabe a ciudad tribal, un momento de relajación en Central Park te conduce hacia una extraña sensación selvática en el corazón de la gran ciudad, una noche por los bares de Chelsea te acerca a gente deseosa de trabar nuevas relaciones…

El relato de Colson Whitehead parece escrito por un alma viajera que acaba de aterrizar en la ciudad y que va perfilando negro sobre blanco todo lo que descubre.

El autor afroamericano nos conduce por una ciudad llena de música, un jazz capaz de improvisar ante una ciudad mutable de un día para otro y que, pese a ello, siempre sorprende y magnetiza.

Nueva York como el eterno nuevo mundo; una ciudad dispuesta a recibir a todos pero cruda y antojadiza para los buscadores de su gloria. Una ciudad donde la soledad se erigue entre sus rascacielos, una urbe atacada por intensos inviernos y castigada por inmisericordes veranos, pero que sigue manteniendo otoños que tiñen de naranja Central Park y que lo hacen florecer rabiosamente cada nueva primavera.
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