3 mejores libros de André Aciman

Bajo la fascinación por Marcel Proust, el escritor André Aciman traza su particular bibliografía cargada de un similar poso que acaba extendiendo ideas como argumentos y pasiones como tramas completas.

Porque descubrir esa suerte de inmortalidad que consigue transmitir Proust en la cadencia de obras tan vitales como “En busca del tiempo perdido”, acaba picando como el veneno incurable para la creatividad.

Y así André Aciman también se sumerge en el fructífero universo del amor hasta la obsesión, de la fermentación pausada hasta alcanzar máximos grados de humanismo esencial en esferas intimistas que nos hacen mimetizarnos con la vida en un impresionismo fascinante de lo subjetivo. Ahí donde se ajusta la medida, el equilibrio entre emociones y razón.

El viaje siempre es enriquecedor, entendido principalmente como la necesaria empatía que aleja la mirada de nuestro ombligo y nos ofrece nuevas visiones mucho más completas.

Pocos autores consiguen hacer de la prosa ese cauce perfecto para una lectura que fluye dinámica entre acciones curiosamente reflexivas. Porque cualquier movimiento se inicia desde las pulsiones, desde los deseos más internos. Y ahí donde despiertan nuestros motores, combustionan todos nuestros sueños, frustracciones, miedos y esperanzas.

Top 3 novelas recomendadas de André Aciman

Llámame por tu nombre

El deseo sobre Oliver persona parece querer conducir a Elio a habitar su piel , a pretender ser dueño de sus células, a conquistar desde el nombre hasta el aroma del joven visitante de su casa. Desde que llegó Oliver a su casa, invitado por su padre como intercambio cultural, la vida de Elio empezó a pivotar en torno al habitante de su casa que poco a poco también va habitando sus sueños.

Nada será lo mismo para Elio desde que Oliver entró en escena. Y nada mejor dicho porque Elio pasará a ser el personaje del libreto de sus pasiones. En su interpretación nos vamos sumergiendo en la realidad de los motivos para amar, en el egoismo mutante, histriónico, en el deseo capaz de anular cualquier otro instinto. El plazo limitado, las pocas semanas por delante para Que Elio consiga acercarse a Oliver sirven a esa impresión de perentoriedad de las más intensas pasiones.

La casa de Elio no es el lugar de Oliver. Y todo desaparecerá y aquellos días no podrán marcar un futuro ni por supuesto la eternidad. Pero precisamente por eso, Aciman se sirve de las horas contadas para que las emociones servidas se mantengan siempre vigentes y nos destilen, con sugestión espirituosa, lo mejor de los primeros sorbos de las pasiones que nunca se olvidan y que acaban haciéndose físicas hasta el dolor.

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Variaciones enigma

Nada más pesado, frente a la liviana e inquietante sensación de nuestra existencia, que la concatenación de la gente a la que se ama. Lo que es lo mismo nuestro libro del amor.

Y Paul tiene el suyo, ese que se escribe en la piel, dejando heridas o erizando la piel. La mayor virtud de la sabia composición narrativa de la historia de Paul es la sensualidad destilada una vez más en su mayor grado posible. El amor es el valor subjetivo por excelencia y Paul nos enseña sin remilgos su forma de entender lo que amó y lo que aún ama. Un sutil hilo dorado une amores pasados y presentes, su brillo pasa de un continente a otro, de Europa hasta América.

Esas son las variaciones enigma, las composiciones que hilvanan con el hilo los nudos de un amor hecho pasión, devoción, deseo o pérdida. En cada momento el amor descibre lo que Paul fue y lo que realmente es cuando la carga de circunstancias se empeña por momentos en enterrar la esencia. Sin olvidar que lo que se es queda más en la impresión de los demás que en la conciencia propia. Más aún en el caso de un personaje de una novela, del que cada cual componemos una sinfonía distinta desde la base de una palabra, amor, que se precipita en cascada hacia incontables posibilidades.

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Ocho noches blancas

Aciman le concede a Henry cuatro noches más que Dostoivesky a su protagonista de “Noches Blancas”. Pero en esencia las almas de estos dos personajes sintonizan perfectamente.

La ilusión del amor materializada por casualidad, entre el miedo a que pueda, o no, acabar siendo real. Desde San Petersburgo hasta Manhattan. Desde la realidad de las claras noches del verano sin apenas noche a otras noches en blanco, las que vivirá Henry entre la Navidad y el Año nuevo de un Nueva York asediado por un frío que contrasta con el calor febril de Henry. Porque ella, Clara, ha entrado a ocuparlo todo en su existencia gris. Una presentación casual que parece ese cambio de registro del destino que parece ofrecer al fín una oportunidad. Pero quizás Henry no se siente capaz de aprovechar su ventura, o a lo peor piensa que avanzar junto a Clara pueda acabar transformando la belleza en su despreciable cotidianeidad.

Un tipo gris como él puede teñir la más esplendorosa gama de colores. Pero el amor naciente marca su inercia entre obsesiones incontrolables y Henry se deja llevar por esa fuerza que lo conduce de nuevo a Clara. Ocho noches para que amanezca un nuevo año y quizás un nuevo amor. Temores sobre el porvenir que, paradójicamente encienden más la pasión, la noción romántica que aún cabe con su sabor añejo de melancolía. Una historia de amor relatada como solo los grandes escritores saben hacerlo, marcando el camino hacia lo existencia, hacia lo trascendente, sin frivolidad y cargando de significados, diálogos y potentes reflexiones cada escena.

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