Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino, de Julián Herbert

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En alguno momento dejé de pensar que Quentin Tarantino era un director del subgénero gore, que había caído bien a alguien poderoso en la industria del cine.

Y no sé porqué dejé de pensarlo. Al fin y al cabo se trata de sangre y violencia si no gratuíta sí al menos lowcost. Pero tiene su gracia el jodío. Al fin y al cabo tiene su gracia, desconozco el porqué y el cómo pero consigue encumbrar el gore a los altares del cine.

Algo así debe ocurrirle también a Julián Herbert. Bajo el título Tráiganme la cabeza de Quentin Tarantino, el escritor invita al famoso director de cine para que guíe la composición de estos diez relatos sobre lo escabroso, lo inmoral, lo piscológico, sobre las filias y fobias (incluso las de Dios) y sobre los motivos para encontrar en la locura lucidez y en la cordura mejor compuesta las sombras más alargadas.

Se trata un poco de hacer un ejercicio de imposible empatía con el mal. Y a su vez reconocer que no hace falta empatizar con el mal, pues este puede ir dentro de cada cual. Cada personaje de estos relatos viene a explicarnos que el mal o lo domesticas o te puede acabar comiendo a bocados.

Porque… al fin y al cabo qué es el mal. Probablemente sea el que observas en el otro, mientras que el tuyo es un monstruo que te acompaña, brazo sobre el hombro, esperando a que te acerques a ese paso de cebra para servirse de tus brazos y acabar lanzando una anciana al centro de la pista… rock and roll (bonita escena para una de esas líricas escenas del Tarantino más perturbado y perturbador).

Sinopsis: Por estas páginas desfilan: un vengativo coach de recuerdos personales; un burócrata mexicano que vomita sobre la madre Teresa de Calcuta en el aeropuerto Charles de Gaulle de París; un reportero adicto al crack convertido en payaso de rodeo literario; el fantasma de Juan Rulfo; un psicoanalista lacaniano y caníbal; un videoartista cuya obra consiste en filmar pornografía gonzo con mujeres enfermas de sida; Dios revelado como nini; un narcotraficante idéntico a Quentin Tarantino obsesionado con encontrar y asesinar a Quentin Tarantino.

Todos ellos habitan mundos de estados éticos alterados. Sin embargo, a diferencia de lo que podría pensarse, esa alteración consiste en que su ética es más rigurosa que la nuestra; no más justa ni más benévola, pero sí más implacable.

Los diez cuentos que integran este libro son vértigos totales, universos tan excéntricos como perfectamente lógicos. Transitan de la ternura del Ángel Exterminadora la violencia de una carcajada plagada de caries. Con una prosa afilada y contundente -feroz como un lento relámpago-, Julián Herbert nos recuerda que eso que llamamos «la experiencia humana» es sólo una masacre de capas de cebolla, una zona ciega y egoísta que somos incapaces de dilucidar.

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