Sidi, de Arturo Pérez Reverte

Sidi, de Pérez Reverte
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La paradójica figura de El Cid como emblema de la Reconquista le viene al pelo a Don Arturo Pérez Reverte para descabalgar un buen rato al mito, en el sentido uniformador de la Historia oficial. Porque precisamente eso, los mitos y leyendas siempre tienen sus lagunas, sus lados oscuros. En el caso de el Cid, todo él es una bruma en la que se introdujo su figura con el paso del tiempo. Dignificado por cantares y desterrado por reyes y señores. Nada mejor que una revisión de la leyenda para engrandecer la figura desde sus contradicciones, más en consonancia con todo hijo de vecino.

Para empezar, pensemos en el curioso hecho de que el hoy heroico nombre de Cid provenga de ese Sidi (señor en árabe), que empuja a pensar que Rodrigo Díaz de Vivar fue un mercenario con más interés en la supervivencia que en la expansión de reino alguno sobre la península. Más aún considerando que quizás el descubrimiento de la mezquindad más descarnada que forzó su destierro lo empujara a ese ofrecimiento abierto de sus dotes guerreras a cualquier postor.

Y así, con esa etiqueta de patrocinado de las armas, este héroe nacional recorrió toda España con sus huestes. Tipos fieles a sus órdenes, con ese punto siniestro de la verdad de un tiempo en el que todo era trivial, incluso sobrevivir a cada amanecer. Hombres dispuestos a todo con ese honor, frente a enemigos de cualquier credo, que suponía entregar la vida por una victoria en la que todos ganaban su suerte: bien abandonando este mundo o, en otro caso, conquistando una nueva oportunidad para comer caliente regodeándose con la sangre aún en sus espadas.

Siempre me fascinó la frase que indica que un héroe es todo aquel que hace lo que puede. Y allá por el siglo XI, con las circunstancias debidas, un héroe era simplemente quien lograba comer, cual animal salvaje. Simplemente porque no había más. La conciencia ya si eso se entregaba en todo caso a la fé. esa firme creencia que hacía enconmendarse a los fieros luchadores a su imaginario cristiano, daba igual contra quien se enfretaran. Más que nada por sí realmente había un paraíso que visitar y pudieran pérderselo después de tan miserable vida en este planeta.

Así que, a la sazón de una intención de perfilado más verosimil de un personaje como el Cid, nadie mejor que Pérez-Reverte para encarnarse en su biógrafo. Como fiel relator de grandezas y miserias; como impactante cronista de unos años duros. Días de hombres y mujeres de dureza pétrea. Tipos entre los que, sin embargo, se podían discernir verdades extremas por contraste con la oscuridad de aquel mundo.

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