Olegaroy, de David Toscana

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Muchos han sido los que comparan al protagonista de esta historia, Olegaroy, con un Ignatius Really de nuestros días que se enfrenta a un mundo de nuevo conjurado para deshacer sus sueños y sus grandes ideas, esa perspectiva indivual entre lo ingenioso y lo delirante que suena a sabiduría o a estolidez.

La voluntad del autor, David Toscana, quizás no fuera la de construir un personaje tan próximo al de John Kennedy Toole, pero lo cierto es que todo aquel personaje literario que acaba descollando por su aportación tremendista, por su visión lúcida de su palpable ciencia infusa o por su extravagante consideración del ego que ocupa su cuerpo irremisiblemente evoca a Ignatius y es a partir de ahí donde tomamos la consideración de si el personaje en cuestión ha llegado para aportar tan algo grado de sabiduría y conocimiento como el ya citado Ignatius.

Realidad y ficción como estructuras entrelazadas en torno al mundo subjetivo de un personaje quijotesco que salta de la lectura a la realidad, en un juego ofrecido por el autor y disfrutado por los lectores que aprenden a valorar las distorsiones y rarezas como las mismas que se observan en el vecino del cuarto o en la imprevisible reacción propia ante alguien que se nos cuela en la fila del supermercado.

Solo que lo de Olegaroy es mucho más trascendente. Porque desde su pertinaz intención de resolver un asesinato, este protagonista nos asoma a lo filosófico, a lo trascendental desde chispazos de humor que electrizan una trama incomparable con novela alguna actual.

En ocasiones solemos trivializar sobre la muerte, sobre nuestras fobias más insertadas, ridiculizarlo todo es un buen camino para dotar a lo trágico de una pátina de intrascendencia. Olegaroy está aquí para abundar en esta formula muy humana a la par que también es capaz de desbordarnos con una lucidez, como digo la del Quijote en su lecho de muerte…

El juego de David Toscana para traer a nuestra realidad al mito de Olegaroy, a la manera de una investigación sobre un personaje desconocido que sin embargo tiene tanto que aportar al devenir del mundo, se conforma como una omnisciencia que traspasa su función narrativa para abordar una transmutación simpática y trepidante, desde la novela hasta la realidad, desde la realidad hasta el mecanismo último que hace moverse nuestro mundo, cuyos principios son rescatados por el gran Olegaroy mientras consigue sacarnos una sonrisa permanente.

Y eso que la causa de Olegaroy para esta novela, el discernimiento del asesinato de una mujer, supone un punto de partida tétrico como para considerar que pueda haber humor en el asunto. Así que también Olegaroy se nos pondrá trascendental de vez en cuando, en esas largas noches convertidas en el extenso imperio de sus dominios…

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