Morir en noviembre, de Guillermo Galván

Noviembre es un mes para pocas cosas, un tiempo de transición. El típico mes en el que incluso las grandes plataformas necesitan inventarse un día negro para poder vender una escoba. Pero hubo un tiempo en el que incluso noviembre era un buen mes para cualquier cosa.

Me refiero a esas décadas intermedias del siglo XX entre guerras abiertas o guerras frías. Un tiempo en el que España primero y Europa después estallaron en conflictos insostenibles. Los rescoldos de las armas paradójicamente dejaron una guerra fría en la que todo hijo de vecino podía ser un espía o un mercenario a la bandera mejor postora. Al punto del Pérez-Reverte inmerso en la misma época con su serie Falcó, Guillermo Galván nos adentra en esos días extraños y apasionantes con un certero relato.

Noviembre de 1942, el mundo arde en llamas y España, aun arrasada y en plena represión, es un nido de espías. Carlos Lombardi, de nuevo en Madrid, sobrevive como puede con su precaria agencia de detectives. No puede permitirse el lujo de rechazar ningún trabajo por lo que tiene que investigar y seguir a un misterioso viajante de comercio alemán. Nada puede apetecerle menos que volver a meter sus narices en los asuntos del Tercer Reich pero…

A su vez una aspirante a actriz de dudosa reputación aparece asesinada y la policía del estado no tiene mucho interés en investigar y descubrir que es lo que hay detrás. Por lo que Lombardi buscará la forma de hacer justicia viéndose atrapado en una sórdida trama de prostitución, cine y estraperlo.

¿Están conectados ambos casos? Guillermo Galván regresa a la más dura posguerra española para traernos una novela negra en la que, de forma magistral, junta los géneros policiaco, histórico y de espionaje.

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