Mi adorada esposa, de Samanta Downing

En no pocas ocasiones los primeros engañados en los casos más truculentos, a la par que insospechados, son los familiares del asesino. Y la ficción se ha ocupado en distintas ocasiones de hacernos llegar esa noción de lo inconcebible. Para calar más hondo todo nos suele llegar bajo la perspectiva de un narrador omnisciente que nos va anticipando las sombras que nadie ve entre las luces del personaje de turno.

Desde Alfred Hitchcock hasta Shari Lapena y en este caso Samanta Downing . Cine y literatura hacen de los thrillers domésticos ese paralelismo entre realidad y ficción cuando la primera supera a la segunda por mucho que la mente maquiavélica de turno pretenda encontrar el giro más oscuro desde el crimen perfecto. Perfecto salvo para la conciencia. Porque eso siempre deja rastro.

No hay cobijo ni guarida para quien pretende esconder sus secretos inconfesables bajo las alfombras de un hogar compartido. Y ahí es desde donde la fatalidad se va deshaciendo como algún pequeño hilo que pende del ovillo de la mentira más ominosa. Lo peor de todo es que, por extraño que parezca, incluso se pueden destilar unas gotas de humor en el asunto que empasta perfectamente con la inquietud general…

Nuestra historia de amor es sencilla. Conocí a una mujer extraordinaria. Nos enamoramos. Tuvimos niños. Nos mudamos a las afueras. Nos contamos nuestros grandes sueños y nuestros secretos más oscuros. Y después comenzamos a aburrirnos.

En apariencia somos una pareja normal. Como tus vecinos, los padres del mejor amigo de tu hijo, los conocidos con los que cenas de vez en cuando. Todos tenemos nuestros pequeños secretos para mantener vivo un matrimonio. Solo que el nuestro incluye el asesinato.

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