3 mejores libros de Amélie Nothomb

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Con una apariencia un tanto excéntrica, en torno a la cual ha construído una potente imagen de la escritora creativa e ingeniosa que ciertamente es, Amélie Nothomb se dedica a la literatura con un gran poder diversificador en lo temático. Una variedad de recursos sumergidos en una estética formal que puede pasar por lo naif, lo alegórico y hasta lo gótico. Esta escritora belga aborda cualquier libro con su natural querencia por la sorpresa y el desencasillamiento obra a obra.

Así que acercarte a Nothomb en alguna de sus novelas nunca va a ser una impresión final sobre el resto de su creación. Y si lo verdaderamente relevante, como ya he defendido en alguna ocasión, es la variedad como fundamento creativo, con Amélie vas a tomar más de dos tazas de desconcierto en un gusto ecléctico por contar la historia que proceda.

No hay que olvidar que Nothomb comparte la vitola de escritora hija de diplomáticos (Isabel Allende, Carmen Posadas, Isabel San Sebastián y otras). Una suma de curiosos ejemplos de escritoras acunadas por su destino viajero que encontraría en la literatura una especie de refugio, una continuidad existencial en esas idas y venidas por medio mundo.

En el caso de Nothomb lo de viajar siguió formando parte de su esencia una vez ya adulta. Y en ese ir y venir ha desarrollado una carrera literaria vertiginosa a los 50 años.

3 mejores libros de Amélie Nothomb:

  1. Ácido sulfúrico: Una de esas historias distópicas cernidas sobre el presente, sobre nuestro estilo de vida, sobre nuestras costumbres y nuestros referentes culturales. Una cadena de televisión vanguardista encuentra en su programa llamado Concentración el reality que riza el rizo para conseguir atrapar a una audencia abotargada mentalmente, sobreinformada e incapaz de sorpresa frente a estímulo alguno. Ciudadanos elegidos al azar en su devenir cotidiano por las calles de París van componiendo un elenco de personajes del show más abominable. En comparación con las noticias de televisión reales, en las que vemos en sobremesa cómo el mundo se empeña en destruir todo vestigio de humanidad con nuestra absoluta complacencia, el programa Concentración aborda la idea de acercar lo siniestro a unos telespectadores que ya han naturalizado la violencia y que hasta se deleitan con ella y con su morbo. Las conciencias más conmovidas levantan la voz frente al programa mientras nos acercamos a personajes como Pannonique o Zdena, con destellos de un amor extraño entre la ignominia y la animadversión vencedoras frente a toda otra forma de entender lo humano.
  2. El crimen del conde Neville: El enfoque de esta novela de Amélie Nothomb, su portada, su sinopsis, me recordó la ambientación del primer Hitchcock. Ese toque esotérico que se deslizaba entre la cosmopolitana vida de ciudades de inicios de siglo XX. Y lo cierto es que no andaba nada desencaminado en mi interpretación a primera vista. El conde Neville, agobiado por su decadente situación económica, pero firme en su voluntad de mantener las apariencias de opulencia y resplendor aristrocrático, se encuentra con un problema más grave al desaparecer su hija menor.

    Sólo el afortunado encuentro de la adolescente con una vidente salvó a la joven de una muerte por hipotermia en mitad del bosque. La escena ya anticipa algo de misterioso, pues la joven ha aparecido acurrucada, como alienada, trastornada por algo que de momento desconocemos…

    Mister Henri Neville se dispone a recoger a su hija, pero la vidente previamente le ofrece una gratuita premonición que lo convierte en un futuro asesino durante una fiesta que celebrará en su casa. La primera idea es asociar ese asesinato futuro con alguien que ha perturbado, violentado a la hija del conde, y puede que el lector esté en lo cierto, la cuestión es que de esta sencilla forma, con una ambientación no exenta de fantasía, ya estás atrapado en lo que haya de ocurrir.

    Un punto de misterio, ciertas gotas de terror y el buen hacer de una pluma que muestra a media luz perfiles de personajes y posibles motivaciones para el mal, que adorna las escenas hasta el punto preciso en el que la descripción es un gusto y no una carga, algo fundamental para una novela pensada para mantener la intriga.

    Cuando llega el día del Garden party, una conmemoración habitual en el castillo de los Neville, la lectura se lanza a un frenético viaje, deseando alcanzar ese momento en el que el vaticinio se pueda o no cumplir, necesitando saber los motivos del posible homicidio, mientras el conjunto de personajes deambulan misteriosamente por la trama, con una especie de siniestra elegancia de las clases altas.

  3. Riquete el del copete: En su ya prolífica obra, Amélie ha navegado por multitud de corrientes a las que acaba aportando tintes entre lo fantástico y lo existencial, con esa paradójica ligereza que siempre consigue esta mezcla de tendencias supuestamente tan alejadas de la escala creativa.
    En Riquete el del copete conocemos a Déodat y a Trémière, dos almas jóvenes llamadas a sublimarse en su mezcla, cual Bella y Bestia de Perrault (Un cuento más conocido en España que el propio título al que hace referencia esta adaptación).
    Porque se trata un poco de eso, de trasladar el cuento a la actualidad, transformar la fábula hacia su encaje en nuestra actualidad bastante más sórdida que el melancólico y mágico recuerdo de los cuentos clásicos.
    Déodat es la Bestia y Trémière es la Bella. Él, que ya nació con su fealdad y ella, santificada con la más fascinante de las bellezas. Y sin embargo ambos apartados, alejados, marcados por almas incapaces de encajar en un mundo material del que sobresalen por ambos extremos…
    Y desde estos dos personajes la autora aborda el siempre interesante tema de la normalidad y la rareza, de la genial excentricidad al borde del abismo y la mediocre normalidad que apacigua el espíritu mientras ningunea al propio alma.
    El momento en el que la realidad del mundo irrumpe con fuerza, con su tendencia al etiquetado fácil, a la imagen y a la repudia o la adoración estéticas es ya la infancia y más aún la adolescencia.
    A través de Déodat y Trémière viviremos esa transición imposible, esa magia de los que se saben distintos y que, en el fondo, pueden abordar desde el riesgo de los extremos atraídos, la felicidad de lo más auténtico.

 

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