Máquinas como yo, de Ian McEwan

Máquinas como yo
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La tendencia de Ian McEwan por la composición existencialista, disfrazada en el particular dinamismo de sus tramas y en temáticas humanísticas, siempre enriquecen la lectura de sus obras de ficción, haciendo de sus novelas ese algo más de poso antropológico, sociológico.

Llegar a la ciencia ficción con los antecedentes de este autor siempre augura una prospección humanística de sus personajes o una proyección sociológica hacia la habitual distopía de todo autor con dos dedos de frente y un mínimo de conciencia crítica sobre nuestro devenir en este mundo.

Y así llegamos al arranque de esta historia como una ucronía, esa mágica alternativa histórica dada siempre desde el mero hecho de un aleteo de mariposa inesperado, que sacude la realidad hacia un planteamiento paralelo.

Todo parte con buena fé. Alan Turing, brillante matemático y gran promotor de la Inteligencia Artificial. encuentra en esta novela esa segunda oportunidad frente a una cruda realidad en la que acabó suicidándose por los ataques homófobos que sufrió y hasta procesamiento judicial allá por los años 50 en Londres.

Su famoso silogismo distorsionado, escrito como ácida crítica a la moral de sus días, suena hoy aún más potente y sugerente:

“Turing cree que las máquinas piensan
Turing yace con hombres
Luego las máquinas no piensan”.

Con estos antecedentes, todo lo narrado por McEwan cobra un sentido más trascendente en esta incursión en la ciencia ficción. Es Turing quien en su existencia paralela es capaz de crear sus dos primeros humanos sintéticos. Nuevos Adán y Eva dispuestos a reconquistar un mundo perdido por los humanos tras el legado de Dios. Lo prototipos se van pudiendo adquirir por un módico precio para que todo humano pueda disponer de sus servicios.

Hasta la casa de Charlie y Miranda llega un Adán, programado a medida por ellos mismos para hacerles la vida más fácil. Pero no se puede olvidar que una IA roza en su capacidades ese sentir humano que conduce la voluntad y las decisiones. Y el Adán de Charlie y Miranda va atando cabos hasta descifrar los motivos para la conducta de Miranda, más propia de alguien que esconde sus cartas en una partida de poker. Adan conjuga las variables, analiza todos los posibles y potenciales y acaba descifrando la verdad de Miranda.

Y una vez que la máquina conoce la gran mentira de ella, todo puede acabar estallando. La antológica laguna que en lo literario aborda las diferencias morales y emocionales entre humanos y máquinas, siempre bajo las directrices de Asimov, sirve en esta historia para una acción de máxima tensión. Una novela de gran suspense colmado con la intención siempre conmovedora y disruptiva de este gran escritor.

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