Luna llena, de Aki Shimazaki

Escribir sobre el amor tiene en Aki Shimazaki una consideración única, unos destellos existencialistas que abarcan desde el vacío del desamor hasta el paradójico manantial inagotable del enamoramiento correspondido. Aguas que fluyen paralelas y que despiertan la misma sensación de la nada en cuanto se apura el último trago.

Entre carencias, despechos o plenitud intuímos que, efectivamente, el amor es el único motor que mueve el mundo. Porque el odio solo destruye. E incluso la amarga pena del amor despierta esas notas melancólicas de pretendida inmortalidad desde la necesidad del beso inacabable. La memoria es la encargada de empastarlo todo y de poner los pies de foto a los recuerdos del amor épico. Sin la memoria el amor puede esfumarse o, porqué no, despertar el ingenio hacia conquistas insospechadas.

En una pequeña localidad japonesa, el matrimonio compuesto por Tetsuo y Fujiko Niré vive apaciblemente en una residencia en cuyos jardines cantan toda clase de cigarras. Son ya abuelos, y se mudaron allí cuando ella, Fujiko, empezó a mostrar síntomas de alzhéimer. Y una mañana, al levantarse, Fujiko, extrañada, no reconoce a Tetsuo, su marido.

Gracias a una improvisada ayuda, Fujiko se tranquiliza: una enfermera de la residencia le dice que Tetsuo es su novio, el prometido que, según la antigua tradición japonesa, ha conocido gracias a un encuentro, un miai. A partir de ese momento, Tetsuo no solo se enfrentará a situaciones que lo desconcertarán, sino que, ante todo, tendrá que decidir si quiere convertirse en el novio de la que ha sido su esposa durante décadas. Porque las sorpresas solo acaban de empezar.

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