Los nombres epicenos, de Amélie Nothomb

Los nombres epicenos
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Con ese punto de androginia literaria, la ambivalencia de algunos nombres sirven a Amélie Nothomb para establecer paradoja existencialista adornada cono ese aspecto de fábula en el que tan placenteramente se mueve esta escritora.

Y así nos asomamos al amor de Claude y Dominique y al fruto de una niña que no encontrará en su padre la persona que todos dicen que los padres son.

Porque Claude se siente impelido por otras necesidades mayorse que la trivialidad de una paternidad solo consecuencia inasumible de su fin procreador. El hombre, para él sobrelleva el legado de incrementar la especie, de extender la obra. Y no puede perder el tiempo en minucias como la ternura paternal.

Épicène, la niña, crece con esa carencia para ella dificilmente superable, generadora de dolor interno y de costra de piel hacia afuera. Y todo lo que la mueve es una idea de venganza con el mundo, de odio desenfocado.

En las ausencias siempre hay más pesar que amor reside en los que quedan. Es el sino de lo humano, apreciar más lo perdido, lo inexistente, lo arrebatado. Así que en el melancólico transitar de Épìcene encontraremos al ser humano que se ofusca hacia esa perdición de lo imposible.

La cuestión era darle el toque más metáforico de lo fabuloso, ese punto alegórico y trascendental de los símbolos. Y Nothomb encuentra la forma de acompasar fantasía con realidad, en ese híbrido extrañador y a la vez fascinante que aún hoy nos ofrece lecturas con posos de mil sabores.

Nothomb explora con su sagacidad habitual las complejas relaciones paternofiliales y los resquemores del amor no correspondido. Y lo hace construyendo una suerte de perverso cuento de hadas contemporáneo, una fábula cruel, narrada con concisión, precisión y contundencia.

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