Los 3 mejores libros de Hernán Rivera Letelier

Los paisajes que uno acopia marcan. Más en el caso de un escritor. La cuestión es que los paisajes de Hernán Rivera Leteier nos ofrecen un vistazo diáfano a la nada desde la que se asoman protagonistas que ofrecen su existencia a la más inmisericorde intemperie. El terruño se aprecia, por alienante que sea en el caso del desierto chileno de Atacama. Y cuando uno regresa a su lugar después de mil viajes lo conocido se admira con esa extraña plenitud y magnetismo de lo telúrico.

El desierto de Atacama se desparrama sobre el Chile como un secreto a la espalda de los Andes. Un terrritorio indómito donde ni tan siquiera llega el calor habitual de los desiertos. Porque desde su mínimo de 2.000 metros no se trata de un desierto habitual. Con ese espacio «excéntrico» como referencia, lo de que Hernán Rivera Letelier se convirtiera en el escritor fascinante que es, cobra más sentido.

La esencia narrativa de Letelier impacta con una autenticidad innegable. Mezcla del realismo crudo al que invita el mundo hecho planicie mesetaria, con el devenir de unos personajes que explotan entre el desvarío alienante de posibles oasis existenciales en el horizonte. Se completa el asunto con buenas dosis imaginación como recurso para reinventar una vida sometida al invariable vistazo de 360 grados sobre la nada. Porque a todo viajero le impacta el desierto de Atacama, pero habitar ese lugar supone una necesaria entrega a la imaginación como catarsis forzada desde un lugar erigido hacia el cielo por los caprichos de la orografía.

Top 3 novelas recomendadas de Hernán Rivera Letelier

El arte de la resurrección

La razón que abandonó al Quijote entre páramos ibéricos tiene su réplica en esta historia moderna. Si fue el Che Guevara quien dijero que los tres locos de la historia habían sido Jesucristo, Don Quijote y él mismo, en esta novela encontraría réplica a su hipótesis. Porque Jesucristo está de vuelta para convencernos a todos de sus vaticinios y sus visiones desde una pampa salitrera más que nunca sorprendente.

Domingo Zárate Vega comenzó a advertir formas apocalípticas en las nubes y a acertar en la predicción de pequeños desastres. Tras la muerte de su madre, se hace ermitaño en el Valle de Elqui, donde descubre, a través de una visión, que él es nada menos que la reencarnación de Jesucristo.

Cuando en 1942 se entera de que en la oficina Providencia vive una prostituta que venera a la Virgen del Carmen y que además se llama Magalena, sale a buscarla con el propósito de que sea su discípula y amante, y juntos divulgar la inminente llegada del fin del mundo.

El desierto chileno y las oficinas salitreras castigadas por el sol son los hostiles parajes donde el iluminado, más conocido como el Cristo del Elqui, causará revuelo entre los lugareños con sus prédicas santas.

El arte de la resurrección

El secuestro de la hermana Tegualda

También hay lugar para el suspense en el desierto acotado entre los Andes y el Pacífico. Una gran historia que nos conduce a la singular Antofagasta, la ciudad asomada al océano y convertida en centro neuráligo de todo el negocio de la región.

El único detective privado de la ciudad de Antofagasta se enfrenta ahora a su caso más personal e íntimo: después de descubrir en La Habana sus verdaderos sentimientos hacia la Hermana Tegualda, alguien decide vengarse, y la secuestra. El Tira comienza una angustiosa marcha a través de su ciudad natal, a la siga de su flamante enamorada, tras las pistas y trampas que le dejan mediante enigmáticas cartas. Una marcha desesperada que nos lleva al corazón de uno de los personajes más entrañables del gran escritor de la pampa. Una novela palpitante, cargada de sensualidad y misterio.

El secuestro de la hermana Tegualda

La reina Isabel cantaba rancheras

La sin par Reina Isabel, legendaria y emblemática prostituta de la Pampa chilena, consumió su juventud ofreciendo sus servicios los días de paga. Anduvo de salitrera en salitrera hasta llegar a La Oficina, la que sería la última explotación minera en activo.

Ahora que ha muerto, la Ambulancia, la Malanoche, la Cama de Piedra, la Dos Punto Cuatro, el Poeta Mesana y el Astronauta, todos ellos integrantes de un insólito grupo de rameras y desheredados que la conocieron y amaron, se reúnen para rendir tributo a la memoria de una mujer entrañable, la que escuchó con ternura las cuitas de amores amargos y consoló generosamente a solteros y casados como si cada uno de ellos fuera el único hombre de su vida.

La Reina Isabel, que seduce y estremece como sólo logran hacerlo los personajes excepcionales, habita el mismo mundo que Hildebrando del Carmen, el joven protagonista de Himno del ángel parado en una pata (Planeta, 1997). Ese mundo insólito y lejano, que va cobrando vida a medida que la narración avanza, acabará convirtiéndose en un lugar universal y mítico. Todos los hombres que amó la Reina puta de los pobres.

La reina Isabel cantaba rancheras
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