Los 10 mejores escritores chilenos

Otro de los grandes filones de la narrativa en español junto a México o Argentina. Desde Chile nos llegan multitud de autores que despliegan una bibliografía patria de muchos quilates. Solo podía ser así en un país colmado de contrastes geográficos. Desde el fascinante desierto de Atacama, capaz de florecer cuando se da el tiempo oportuno; hasta la gran urbe de Santiago entre sus montañas; hasta sus parques nacionales y sus reservas del sur con vistas al fin del mundo.

Contrastes que también se admiran en su paisaje narrativo. Plumas de muy diversa índole para satisfacción de lectores exigentes. Desde obras imperecederas hasta nuevos registros en el tan extendido género negro como también incursiones en vanguardias de todo tipo.

La lista de los autores traídos aquí, de entre el siglo XX y la actualidad, podría ampliarse a muchos otros. Pero es lo que tiene envalentonarse con un ranking, siempre hay quien se queda fuera desde la mera apreciación subjetiva del jurado de turno.

Por ejemplo se me queda fuera Neruda porque la poesía no es lo mío. Un descarte gravoso que muchos no me perdonarán, pero es lo que hay. Aquí vivimos de la prosa. No obstante, a la postre y simbólicamente, he dejado la lista en 9 grandes autores chilenos. Silla vacía para Neruda, uno de los más grandes por si algún día me animo con lo poético.

Top 10 escritores chilenos recomendados

Isabel Allende

La escritora chilena Isabel Allende maneja como quiere uno de las principales virtudes o dones que todo escritor anhela conseguir a lo largo de toda su trayectoria: la empatía. Los personajes de Isabel Allende son vívidas imágenes desde dentro hacia afuera. Conectamos con todos ellos desde el alma. Y desde ahí, desde el fuero interno subjetivo contemplamos el mundo bajo el prisma que le interesa mostrar a la autora para resultar más convincente, más emotiva o hasta más crítica si toca…

Así que, amigo, avisado quedas. Ponerte a leer cualquiera de las novelas de la reina de las letras en castellano te supondrá una mutación, una osmosis, una mimetización hacia otras vidas, las de los personajes de sus novelas. Ocurre así, empiezas escuchándolos andar cerca de tí, después notas cómo respiran, acabas descifrando su aroma y viendo sus gestos. Al final acabas dentro de su piel y empiezas a vivir por ellos.

Y en resumen eso es empatía, aprender a ver con otros ojos. Y como siempre he dicho es este uno de los mayores valores de la literatura. No es cuestión de creerte más sabio, sino de saber entender al prójimo. Disertaciones singulares aparte sobre la obra de Isabel Allende, creo que no me queda nada más que decir.

Roberto Bolaño

Neruda era más exclusivamente poeta. Pero su compatriota Roberto Bolaño es uno de los ejemplos más claros de compromiso con la literatura en todas sus vertientes. Y es que cuando la tragedia de una enfermedad irreversible se cernía sobre él fue cuando más se empeñó en escribir. Sus última década (10 años de lucha contra su enfermedad) supuso una entrega absoluta a las letras.

Aunque lo cierto es que un tipo como Bolaño no tenía que demostrar ese nivel de compromiso vital con la literatura. Fundador del infrarrealismo, esa suerte de surrealismo postergado y trasladado a las letras hispánicas, escribió grandes poemas, con incursiones novelísticas que fueron adquiriendo valor conforme se decantaba hacia la prosa. Así es como Bolaño fue conformándose como un tótem contracultural con novelas perfiladas en géneros estándares de ficción, pero reventadas por dentro con tíntes ácidos y críticos que nos asaltan con un realismo descarnado.

José Donoso

La literatura chilena encuentra en José Donoso a su narrador más trascendental del siglo XX. No tanto en el sentido del éxito narrativo, que también en parte aunque menor que Isabel Allende, sino por el alcance existencialista de sus novelas. Un Donoso al que su también compatriota Skarmeta admiraba por su gran conciencia social.

El gusto de la exquisitez literaria compendia precisamente lo que Donoso propone en cualquiera de los géneros que tocó. Porque la cuestión es conseguir que nos empapemos de sus personajes, que nos mantengamos como hechizados en la trama mientras se disfruta de esa carga de profundidad relevante, clarividente, extasiante en lo intelectual.

Todo nos asalta con brillantez y concisión formal, con esa síntesis del virtuoso de las letras. Luego queda el regusto amargo del existencialismo hecho matices desde la pérdida, el desamor, el desencanto, aunque todo ello compensado con un intenso lirismo muy vivo y colorido. Equilibrios solo a la altura de genios como Donoso con almas capaces de albergar y traducir toda gama de posibles visiones de la vida.

Antonio Skarmeta

Más allá de la temática y de la intención narrativa, la coincidencia generacional entre los autores chilenos Isabel Allende y Antonio Skármeta hacen de la literatura chilena uno de los más firmes baluartes actuales de la literatura latinoamericana.

Si además consideramos la proyección cinematográfica de algunas de sus grandes obras, nos asomamos a una bibliografía paralela que comparte, quizás por sintonía generacional, una revisión sociológica, una intención dramática y una acción transmitida desde unos personajes muy vívidos. Nada que ver en el estilo final pero más de una coincidencia en el fondo.

En el caso de Skármeta, su gusto por el cine se extiende a la redacción de guiones, salpicando asímismo a una producción novelística cargada de ese humanismo de las intrahistorias en escenarios tan dispares como las diferentes edades del ser humano con sus descubrimientos y sus frustraciones, del retrato social con su carga de crítica o su voluntad de desvelar las contradicciones y los desajustes del indivíduo en la moral general.

Quizás trate así de abarcar lo inabarcable, porque en tantas buenas novelas o en algunas de sus incursiones en cine,  valorar siempre puede ser un ejercicio vano. Cada historia es un encuentro con lo esencial, con ese desnudado que todo autor debe buscar para despertar conciencias, para llegar a esa famosa fibra sensible.

Los gustos y predilecciones literarias y cinematográficas de Skármeta también están muy presentes en sus obras. Y Neruda se convierte en este aspecto en algo recurrente, en un personaje y una obra revisitada a conciencia en la extensa creación de Skármeta.

Pero independientemente de estos detalles, cualquiera de sus novelas tienen ese gusto de la joya independiente, de la creación cargada de impronta y vencida a la voluntad de contar algo nuevo, de ahondar en personajes capaces de transmitir esencias engalanadas en unas formas y un estilo inconfundible.

Marcela Serrano

La literatura chilena actual compendia entre Isabel Allende (siempre sale a colación) y Marcela Serrano (cada una con sus intereses narrativos y estilo) las bondades de las superventas con el poso de las grandes novelas. Y es que todo lo emprendido desde un prisma femenino puede abrirse a fascinantes equilibrios que contentan a los lectores más exigentes.

En el caso concreto de Marcela, y rondando los 30 años de oficio, su bibliografía compone un rico mosaico de introspección donde cada personaje aporta sus luces y sombras, las gamas de colores desde los que ve el mundo por supuesto con manifiesto feminismo cuando toca.

Resulta todo un arte componer tramas vivas con ese paralelo grado de detallismo en los protagonistas. Pero Marcela Serrano lo consigue porque todo lo naturaliza e integra, y eso supone no tirarse el rollo en busca de revelaciones psicológicas o sociológicas, pues eso debe ser siempre más tarea del lector al que le guste detenerse más en cada escena.

Así que leer a Marcela Serrano es esa aventura de proximidad. Casi un viaje emprendido hacia el alma. Un viaje en el que nos movemos junto a los personajes y que nos conduce a una revisión pocas veces tan humanista, desde una prosa tan brillante como contundente.

Carla Guelfenbein

El truco de Carla, y de muchos de los que acaban siendo grandes escritores, está en tener algo interesante que rescatar desde la maquinaria de la realidad y saber cómo contarlo en la ficción. Siempre con ese constructo meticuloso de los escritores realistas, capaces de ofrecer espejos de nuestros días para que todo lector pueda reflejarse en mimetismos esenciales.

Sobre todo porque el realismo de Carla se erigue desde las impresiones acopiadas por el alma de sus protagonistas, desde los inabarcables cosmos subjetivos de personajes arrebatadores en su profundidad, en su bagaje vital, en su filosofía de vida.

Construyendo con esa meticulosidad de orfebre, todo lo demás se desarrolla con la natural y sobrecogedora cadencia que nos alcanza al sentir que vivimos bajo una nueva piel. El amor, las ausencias, el despecho o la esperanza desprenden así aromas y consiguen transmitir también sabores, matices prácticamente espirituales, con las imperfecciones y los desajustes entre razón y lo que podemos albergar de alma.

Alberto Fuguet

Cuando alguien se pregunta ¿Por qué escribir? Puede intentar dar cumplida respuesta recurriendo a algunas obras como el «Mientras escribo» de Stephen King o el «Por qué escribo» de Javier Romeo. O simplemente se puede poner en práctica la titánica estrategia de Alberto Fuguet. Esa que por toda respuesta alega el «porque sí», el motivo con el que se afrontan las grandes cosas.

No en vano Fuguet lo escribe todo con una visión holística de lo narrativo. Libros que tan pronto son pura ficción como que se posan en el realismo de la crónica, o en la divagación del ensayo o en la indagación de las esencias biográficas… Escribir es eso. Escritor es quien se pone a narrar por el único interés de sacar fuera esa historia, o esa investigación o esa idea que no dejan de aporrear a las puertas de la imaginación.

Así que no es fácil con Fuguet focalizar sobre sus mejores novelas o sus mejores ensayos. El muy canalla zigzaguea para el desconcierto. Porque hay un espacio entre realidad y ficción en el que todos habitamos. Allí donde los umbrales son más brumosos es donde las historias de Fuguet nos atrapan y nos ganan para su causa de hacer literatura de todo.

Alejandro Zambra

Debe ser cosa de su vista directa al oceano Pacífico, ese enorme azul donde uno puede desembarazarse de memoria y pasado. La cuestión es que un buen puñado de narradores chilenos recientes ostentan el privilegiado honor de abordar la narrativa más honda. Desde el ya desaparecido y mitificado Roberto Bolaño hasta Alejandro Zambra pasando por la poesía de Nicanor Parra o la narrativa más popular de Isabel Allende.

Claro está que uniformar es todo un atrevimiento aún tomando lo de la procedencia de los creadores de turno. Porque resulta contradictorio bautizar como corriente lo que cada cual escribe con la intención de exorcismo o en busca de placebos propios. Pero nuestra razón es así, acostumbrada a las etiquetas con difícil solución. Algo bien distinto es que, compartiendo idiosincrasia, patrones morales, circunstancias sociales y una influencia geográfica tan abrumadora como es el dibujo del Chile como costa de Pacífico de norte a sur, algo acabe compartiéndose en esa motivación primera…

Descubrir a Alejandro Zambra es recrearse en su vis poética heredada del mismísimo Parra para dejar que el lirismo se acabe ensombrenciendo por una prosa devastadora. En medio de este singular proceso del lenguaje unos personajes que sobreviven al brillante adorno y al sometimiento cruel posterior del realismo sin miramientos. Las acciones no están libres de connotaciones crítica en vertientes sociales, morales y políticas. Algo para lo que, al fin y al cabo, acaba un poeta asaltando una prosa en la que ya sí desnudar toda clase de realidades.

Pablo Simonetti

Las historias de Pablo Simonetti son confesiones veladas de unos protagonistas que encuentran en nosotros un terapeuta. Solo que el lector acaba por reflejarse en la trama correspondiente desde una empatía ineludible que todo lo empapa en la obra de Simonetti.

Intimismo con esa brillantez de quien se arriesga a desnudar en sus personajes aspectos que acaban por abordarnos a todos. Placebo contra otra visión más frívola de la literatura. Compromiso con la literatura como cauce para la humanística. Y no es que en el intento por «dignificar» la novela este autor olvide la esencia de un entretenimiento inherente a este tipo de lecturas. Se trata más bien de complementar acción y reflexión. El equilibrio perfecto.

Introspección y análisis de la vida y lo vivido. Pero también desarrollos sugerentes en torno a esos planteamientos más trascendentes. La aventura es la vida o quizás sea la obra sobre las tablas con el toque de improvisación que a cada cual le toca en sus intervenciones ante su público. Sorpresas cautivadoras conforme los protagonistas esenciales, en torno a los cuales suelen pivotar trama, acontecimientos y perspectivas del mundo según el momento que se afronta. Lo subjetivo como un rico mosaico donde el color pero también el aroma y hasta el tacto parece llegarnos desde el papel.

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