Una historia de España, de Arturo Pérez Reverte

Una historia de España de Arturo Pérez Reverte
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Hace poco escuchaba una entrevista a Don Arturo Pérez Reverte abordando el tema de las nacionalidades, del sentimiento de pertenencia, de las banderas y de los que se cubren con ellas. El sentido de ser español está hoy intoxicado por percepciones, ideologías, complejos y una alargada sombra de sospecha sobre la identidad que sirve a la causa de la polémica constante en torno a qué significa ser español. Las etiquetas y el maniqueismo lastran toda noción sobre lo español, en favor de todos aquellos que confabulan contra el mero hecho de ser, colmándolo de culpas, abordándolo desde el prisma interesado de turno que recupera oscuros pasados para sacar partido. La trabajada noción de que España es ahora lo mismo que cuando era ocupada y patrimonializada por una facción, supone un reconocimiento absoluto de que todo está perdido, de que quienes la transformaron bajo el prisma único la conservan para sí frente a quienes la querían como algo más plural y diverso. Flaco favor para una identidad patria que, como cualquier otra, tuvo y tiene sus luces y sus sombras y que a la postre, no debería ser de ninguna ideología sino de quienes habitan ese extraño y concurrido seno patrio.

Por eso nunca está de más prestar atención a un cronista fundamental de nuestros días. Un escritor que trata sin remilgos la causa de lo identitario desde lo anecdótico hasta lo esencial. Porque esta especie de recopilación de pensamientos salpican a muy distintos espacios temporales del panorama ibérico en el que medraban y medran pícaros, sinvergüenzas, mentirosos, prestidigitadores del verbo y adoctrinadores sin doctrina propia, desde uno y otro lado del abanico pseudoideológico.

Y digo “pseudo” anteponiéndolo a ideología porque realmente, en muchas ocasiones se trata de eso, de desvestir la mentira, de exhibir la falsedad, de escribir con el estilete más hiriente de Pérez Reverte para acabar marcando a cada cual con sus miserias.

El orgullo de ser español o portugués o francés reside en el brillo de la gente aún libre del estigma de ese conductismo hacia la mentira. Para enfrentar un supuesto nacionalismo, los nuevos españoles ofendidos se visten con la bandera opuesta, la que para ellos sí que viste de verdad y pureza, la que nunca cobijó a malandrines cuando no criminales. Como si los malos solo pudieran estar en un lado, como si pensar diferente a ellos fuera sumirse en esa España pretendidamente negra que si existe es precisamente por el frentismo enconado en el que unos solo miran con los ojos del ayer, y otros, como hiriente respuesta, se confían a los viejos espíritus.

Porque no es lo mismo reivincidicar la justa restauración de derechos y honor de los vencidos en cualquier guerra que pretender sumergir todo lo demás en la ignominia, hasta el fin de los días y para todo lo que se mueva a su idéntico paso.

La Historia para Pérez Reverte es un espacio sobre el que disertar libremente, sin el lenguaje encorsetado por lo politicamente correcto, sin deudas con sus posibles partidarios, si compromisos adquiridos y sin intención de escribir nueva historia. La historia también es opinión, siempre que esta no sea esa falsedad interesada tan extendida.

Todo es subjetivo. Y eso bien lo sabe un escritor que necesariamente hace de la empatía herramienta de oficio. Y así nos encontramos con este libro que habla de crueldad cuando la crueldad era ley y que se abre al conflicto cuando el choque de ideologías derivó en la tormenta.

España, suma de nacionalidades según quien lo vea, proyecto por simple conexión territorial, patria por la mezcolanza compartida desde Pirineos hasta Gibraltar. Todos a una en el desaguisado general, participando en por momentos gloriosas u oscuras páginas, según como se quieran leer.

Pérez Reverte es una voz experta en eso de las identidades sobre los paños calientes que son las banderas, Un relato de lo que puede ser esta España en la que lo mejor, simplemente, es considerar a otros como iguales y disfrutar de sus cosas cuando viajamos con esa curiosa camaradería de un remoto trapo izado. Poco o nada más es España, ni tan siquiera una letra amenazante para el himno. Una Marcha Real que incluso sus orígenes se pierden en una heterogénea imputación creativa.

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