Hotel Graybar, de Curtis Dawkins

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Ponerse a escribir un libro de relatos bajo la premisa de una condena a cadena perpetua a las espaldas debe ofrecer una sensación extraña. Curtis Dawkins, asesino confeso, no escribiría este libro para nadie, no pretendería fama y gloria porque sabe que jamás abandonará los muros de la cárcel en la que se encuentra confinado.

Al otro lado de los muros está el morbo, la controversia… Desde Kenneth Bowman, hermano de Thomas la víctima de Curtis, que considera que un tipo que debiera estar condenado a la pena capital jamás debería haber publicado un libro, hasta muchos otros escritores que valoran en los relatos la literatura extrema de alguien apartado de la sociedad.

En el fondo no creo que se trate de expiar pecados o de condonar culpas. Curtis Dawkins quiso escribir sobre vivencias de la cárcel y una editorial pensó que podía interesar la perspectiva narrativa de alguien que jamás volverá a vivir en libertad. Su caso, aquella fatídica noche en la que decidió matar, tan solo es una sombra referida en los créditos. El día que mató estaba drogado, pero jamás quiso escudarse en una reducción de su conciencia. Lo hizo y tiene que apechugar con ello privado de vida libre. Poco antes de quitar la vida a Thomas, Curtis había estado con sus hijos viendo un partido de béisbol, como si nada. Después fumó crack y su alma se refugió en los más oscuros de sus recovecos.

Fue plenamente justo meter en la cárcel a Curtis. Pero no hay porque condenar al alma. A nivel interno la peor condena puede que la lleve cada persona por sí misma. Y ahí, en el fuero interno no hay esperanza alguna de redención con el paso del tiempo. Así, la idea de toda libertad acaba convertida en un remoto sueño que estigmatiza a cada nuevo despertar y que, en el caso de este libro se desliza entre cada uno de los relatos. Personajes como el prisionero 573543, o el niño que soñó demasiado acaban siendo sueños de un alma que quisiera no haberse entregado a la oscuridad de aquella acción…

Entre los aspectos más rutinarios de la cárcel, con su particular organización, y también aprovechando para explicitar nociones muy particulares como son el paso del tiempo y la sensación de la reclusión como una especie de muerte en vida,  Curtis Dawkins también aporta un sórdido imaginario, una ácida transición entre la ficción y la realidad, una especie de síndrome del preso que se transforma en confusión, sueños rotos y culpas que solo conformados en una delirante fantasía puede aportar algo de sentido y esperanza al vivir entre rejas.

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