Hildegarda, de Anne Lise Marstrand-Jørgensen

La personalidad de Hildegarda nos introduce en el brumoso espacio de la leyenda. Solo allí pueden habitar los mitos de santas y brujas con la misma relevancia en nuestros días. Porque hoy un milagro para recuperar a un ciego tiene el mismo punto de superchería que un hechizo capaz del más febril enamoramiento más allá del desodorante axe.

La fortuna de considerase santa más que bruja para acabar ubicándose en el lado bueno de las crónicas históricas puede deberse a los orígenes del personaje de turno. En el caso de Hildegarda pasó a ser santa aunque bien pudo haber acabado abrasada sobre la hoguera de turno. Porque su inventiva, creatividad e ingenio desvocados no casaban bien con su tiempo. Así que nada mejor que un buen padrino para no sentir sus pies chamuscados en sus últimos segundos en este mundo por atreverse a desafiar moral y ciencia de aquella época.

Así que nadie mejor que Hildegarda para capitalizar un rastro biográfico interesante como la mejor de las tramas novelescas…

Hildegarda de Bingen nace en Bermersheim, en el sur de Alemania, en 1098. Frágil y enferma, los asistentes al parto vaticinan que no pasará de la noche. Pero sobrevivirá, y este no será más que uno de los hitos de su prodigiosa existencia. Desde pequeña tuvo visiones, y a los diez años la recluyeron en un convento. Además de ser poeta, compositora, bióloga y mística, inventó la medicina natural y la cerveza tal como se fabrica hoy, y fue la primera persona en escribir sobre el orgasmo femenino.

Esta monja de alta cuna a la que sus miles de seguidores apodarían la Sibila del Rin estuvo al frente del monasterio de Bingen; creó una orden de religiosas vestidas de blanco y sin velo, que durante las oraciones bailaban en círculos con flores en el pelo; se codeó con la nobleza, y arriesgó su vida desafiando a la Iglesia y hasta al emperador Barbarroja.

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