Empezamos por el final, de Chris Whitaker

En ocasiones el género negro cobra un significado que frisa con lo existencial. Casos como el de Víctor del Árbol, capaz de la hondura más abismal desde la introspección de sus personajes. Algo similar ocurre con este autor, un Chris Whitacker que llega con otro punto de indudable conexión con el superventas suizo Joel Dicker. Porque en eso de arrancar la historia desde su posible final no del todo desvelado, entramos en la suma de flashback que van componiendo el puzzle de turno.

Mezclando pues siempre se puede llegar a buenas síntesis. El problema o la virtud, según el autor, es encontrar la combinación, la dosificación adecuada para que el resultado no acabe desequilibrándose sin el necesario empaste de la diversidad de ingredientes narrativos. En esta ocasión Whitacker encuentra el punto perfecto hacia ese cóctel tan indescifrable como ingeniosamente mezclado.

Duchess Day Radley es una joven de trece años que se autoproclama «proscrita». Las normas son para otra gente. Ella es la fiera protectora de su hermano de cinco años, Robin, y la figura adulta para Star, su madre soltera, incapaz de cuidar de sí misma y mucho menos de sus dos hijos.

Walk es ahora el jefe de policía local, pero sigue intentando sanar la vieja herida de haber sido el testigo que tres décadas atrás mandó a prisión a su mejor amigo, Vincent King, que se dispone a salir de la cárcel. Y Duchess y Walk deben afrontar el problema que supondrá su vuelta.

El quid en esta ocasión es la visión del asunto desde la perspectiva de los dos personajes a ambos lados de la tragedia. La niña y el policia. Desde la catástrofe que deriva en desarraigos, abandonos y culpas por un lado así como en un truculento caso cerrado y sin embargo pendiente en su resolución más íntima.

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