El poder del perro, de Thomas Savage

Una historia de Thomas Savage nacida en 1967 que nos llega ahora con esa extraña virulencia de los sismos más inesperados. Antaño podría parece una historia de los Estados Unidos profundos, hoy se redescubre como una potente narración intimista, al menos de entrada, que profundiza en esa noción de lo fraternal. Una idea extendida a todo dilema de la consanguinidad cuando nada más que eso, la sangre, parece unir a dos personas.

Caín y Abel, el bien y el mal. El espacio vital de George es continuamente asaltado por un Phil que enfonca en su hermano todas sus frustraciones. George hace del estoicismo supervivencia. Pero claro, conforme George parece que encauza su vida, Phil siente aún más pesada la sensación de derrota.

Cuando ambos hermanos debieron haber separado sus caminos, esa indomable sensación de permanencia al terruño los conduce al amargo conflicto soterrado siempre apuntando a la tragedia. Y en la vida real, más allá de parábolas bíblicas, las cosas pueden ocurrir sin moraleja que sacar sino como un mero ejercicio de supervivencia.

Montana, 1924. Phil y George son hermanos y socios, copropietarios del rancho más grande del valle. Cabalgan juntos, transportando miles de cabezas de ganado, y siguen durmiendo en la habitación que habían tenido de niños, en las mismas camas de bronce. Phil es alto y anguloso, George rechoncho e imperturbable. Phil es una lumbrera y podía haber sido cualquier cosa que se propusiera, George es tranquilo y no tiene aficiones.

A Phil le gusta provocar, George carece de sentido del humor, pero tiene ganas de amar y de ser amado. Cuando George se casa con Rose, una joven viuda de porte orgulloso y sonrisa rápida, y la trae a vivir a la hacienda, Phil comienza una campaña implacable para destruirla. Pero los más débiles no siempre son quienes uno cree.

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