El inocente, la serie de Netflix

Hay algo en las interpretaciones de Mario Casas que me chirría. Es como si cada uno de sus personajes pudiera entrar y salir de una peli a otra sin diferenciarlo. Lo bueno, no obstante es que en esos perfiles de simetría constante el bueno de Mario se mantiene en un nivel de gran intensidad para interpretaciones tipo noir. Y precisamente este Inocente versionando la novela de Harlan Coben, le sienta perfectamente para que el inquietante Mat nos vaya guiando al lado oscuro.

Puesta la puya sobre el actor principal de esta serie, he de decir que me parece una estupenda serie que mantiene la tensión y que te puede enganchar hasta el punto de perder media noche con esa afán de “venga, un capítulo más y lo dejo…” Y eso que el salto entre el primer y el segundo capítulo resulta algo radical, como si te hubieras equivocado al seleccionar ese nuevo capítulo, como si a los de Netflix se les hubiese ido la olla y cargaran en streaming dos episodios consecutivos de una serie distinta.

Pero es aparecer Alexandra Jiménez (Lorena) por ahí con su mirada que atraviesa la cámara y darle inmediato voto de confianza al asunto. Aunque, si es por tocar un poco las pelotas con detalles, lo de la peluca que le encasquetan a Lorena de las del bazar chino, por momentos te puede desconcertar…

Y pasado el segundo capítulo, divergente pero necesario para ir engarzando la trama desde las dos ramas en torno a Mateo y Lorena, nos vamos adentrando en una noria de emociones donde cada personaje se nos presenta como la víctima de turno. Porque la vida duele, desgasta, cambia y hasta tortura en según que submundos te toque vivir o qué azarosos infiernos te toque atravesar…

Mujeres que intentan salir de la prostitución; un potentado padre, gran cirujano para más señas (genial Gonzalo de Castro), con un odio contenido que puede desembocar en cualquier cosa; monjas ligeras de sotana que alternan misas con parroquias profanas… Así acaba el convento, lleno de cilicios con los que apaciguar culpas y secretos.

Sumamos, claro está, corrupción y dinero negro, trata de blancas y abusos inimaginables para mentes depravadas de cuello blanco. Un polvorín hecho trama como antología de la amoralidad.

Investigadores de una UDE que nunca se sabe bien lo que realmente buscan. Algo así como la CIA cuando parecen dar pábulo al delincuente para terminar alcanzando otras esferas de delincuencia mayor. Un José Coronado descaradamente encargado de tapar miserias de jueces o políticos o cualesquiera otros que hayan participado del escabroso lado salvaje del mundo.

No sabes por dónde va a romper todo. Pero el asunto apunta a giros inesperados. Porque seguimos sumando traiciones mientras las vidas de Lorena y Mateo se nos van presentando con sus debidos flash back para que vayamos atando cabos o al menos intentándolo. En torno a ellos dos, el resto de personajes de la serie también brillan con esa luz propia de las interpretaciones perfectamente empastadas con escenografía y caracterización de perfiles psicológicos en un mundo cargado de tribulaciones, penas y culpas…

Pero no hay dos personajes fundamentales sin un tercero en discordia que se coloque a su altura. Ese es el caso de Olivia, la novia de Mat, con un papel también esencial sobre el que pivota ese aspecto sórdido del proxenetismo con estribaciones jamás imaginadas y que fundamentan los giros que han de venir. Porque el plan que idea Olivia para salir de su vida acarrea rupturas vitales como sismos que acabarán replicando en un futuro irreconciliable del todo con el tormentoso pretérito.

Y sí, todo estalla con la precisión de un derribo. Solo que cuando el edificio cae y entre los cascotes descubrimos a nuestros protagonistas más o menos vivos, aún queda la explosión final, esa que queda como un eco resonando en nuestra conciencia…

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