El derecho de los lobos, de Stefano de Bellis

Será cosa de Luperca, la amable loba que amamantó a Rómulo y Remo. La cuestión es que la leyenda incontrastable encaja perfectamente en una parte de la visión del imperio romano como una cultura implacable pero organizada, con instinto de supervivencia y hasta de perpetuación. Porque no hubo otra civilización tan capaz como la que extendió Roma por medio mundo conocido.

Bajo el pasar de siglos y siglos de dominación subyacen infinidad de historias y nuevos mitos en torno a emperadores y conquistas. La cuestión es querer acopiar información con la que apabullar en tertulias o simplemente disfrutar con novelas que escenifican primorosamente y nos acercan a esa noción de lo cotidiano que supone la verdadera trascendencia de lo histórico.

En esta ocasión nos retrotraemos a un 80 a. C. en el que el Imperio Romano apenas había comenzado su expansión y gloria. Pero aún así se nos ofrece en esta trama una visión paradójicamente oscura, de una sociedad como en cualquier otra época entregada a sus conviciones morales de quita y pon. Bajo la gran Roma, además de las catacumbas que posteriormente llegaron, también coexistía esa doble moral soterrada donde las proclamas filosóficas de los primeros atisbos de luz de occidente palidecían por falta de aire puro.

Ningún lugar mejor para plantear una historia de suspense, una auténtico thriller que gracias a esa naturalización y pronto acercamiento al modus vivendi tanto del vulgo como de los privilegiados de aquellos días, consigue erizarnos la piel como si de una novela con viaje en el tiempo se tratara.

Gracias a narraciones como esta nos aproximamos a las crónicas oficiales con una perspectiva más completa. Porque la loba tanto amamantó a Romulo y Remo como siguió amamatando a tantos y tantos romanos aficionados a lupanares, termas romanas, vino…, y veritas reservadas para los círculos más íntimos. Lo que ocurre en Roma no sale de Roma. Si lo sabrá Cicerón, personaje de personajes en esta historia…

Solo que toda oscuridad y perversión de la moral de turno tiene su innegable lado oscuro. Placeres carnales y ambiciones se deslizaban por las calles de Roma con su pestilente aroma a muerte y animadversión. Gracias a Dios o a Júpiter también encontramos a quienes confiaban en la moral y se entregaban a su herramienta de la ley para tratar que Roma no fuera un absoluto desmadre.

Varios temas se nos abren como ramificaciones que apuntan a la más insospechada vinculación. Crímenes múltiples sin aparente motivación por un lado y acusaciones de abominables asesinatos por otro. La vida vale mucho menos de lo que inspira Roma. Por eso es fácil pensar en el crimen como venganza o como forma de medro. La bolsa o la vida, la suerte está echada para los habitantes de la capital de mundo antiguo.

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