El castillo de Barbazul, de Javier Cercas

El héroe más inesperado de un género policíaco que se mira en el espejo de Vázquez Montalbán. Porque Melchor Marín es una reencarnación, con sus debidas variaciones espacio-temporales-argumentales, de aquel Pepe Carvalho que nos conducía por sombríos despachos o entre las noches más oscuras de Barcelona. Javier Cercas se extiende en una serie (Terra Alta, Independiencia y ahora este castillo) para la que no se divisa un final llegados ya al abismo de la trilogía. Porque hay personajes que se aferran a la vida en papel y Melchor Marín es uno de ellos. Sobre todo después de una tercera entrega que nos adentra en su piel hasta lo más hondo. Alcanzando ese espacio donde entrañas y espíritu disputan sus duelos más encarnados.

Algunos años después de los hechos narrados en Independencia, Melchor Marín ha abandonado los mossos d’esquadra y trabaja como bibliotecario en Gandesa, en la Terra Alta. Cosette, su hija, es una adolescente rebelde, que no comprende que su padre le haya ocultado cómo murió su madre, y que decide irse a Mallorca con su mejor amiga a pasar unas cortas vacaciones.

Cuando no vuelve ni contesta a las llamadas al móvil, Melchor Marín, con el instinto de policía experimentado, sin perder un segundo decide plantarse en la isla para rastrear sus últimos movimientos. Alguien le habla de la mansión de un multimillonario en un extremo de la isla, cerca de Pollença, donde invitan a chicas jóvenes a participar en fiestas lujosas.  Melchor Marín necesitará ayuda. Más que nunca. Y contar con amigos para una misión suicida. ¿Se jugarán la vida con él? ¿Servirá para algo?

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