Chavalas, de Carol Rodríguez Colás

Las tortugas se alimentan divinamente a base de gazpacho. Hasta que acaban muriendo sabe Dios porqué. Y la gente nunca se queda con sus retratos más auténticos cuando se sacan la foto del dni, otra cosa que nadie puede entender. Lo extraño nos acerca tanto a lo cotidiano porque al fin y al cabo todos participamos de esa extrañeza y ese extrañamiento en torno a una realidad que siempre avanza atropellada.

Incluso las cosas pasan igual de rápido para unas chicas de barrio como las de la peli. Solo la talla de sus nombre perdura en un banco con vistas al bloque de viviendas que siempre estuvo ahí para ellas ocultando cualquier posible y esplendoroso atardecer. Un titán de ladrillo caravista sin balcones.

Es el mundo de Marta, Desi, Bea y Soraya, las cuatro chicas de Cornellá que comparten todo en ese ínterin de lo que queda de juventud. Aún a costa de las fuerzas centrífugas que siempre acaban empujando hasta reubicar a cada cual en el sitio más insospechado. Ya se pueden tener sueños de fotógrafa en Estocolmo como Marta o un bar lleno de canarios como Ángela. Todo pasa.

Por eso acaba siendo fascinante descubrir ese momento, esa captura sobreexpuesta a la luz de la vitalidad de los veintitantos. De Barcelona a Cornellá debe distar unas cuantas paradas de autobús, pero no hay universos más lejanos a su vez. La cuestión para dirigir una película así es saber abrir al máximo el obturador para cargar de realismo lo que acontece. Nada de cursilerías ni apaños cinematográficos ad hoc. Lo que les ocurre a estas chicas es tan cierto que te hacen sentir parte de su grupo.

O sea, que nada que ver con fórmulas románticas versión pelis juveniles estadounidenses. Puede que Marta se equivoque de nuevo en el último momento, nunca lo sabremos. Una vez asumidas las raices viaja una más tranquila. Y ya habrá tiempo para tropezar otra vez, si es que toca. La cuestión es saber que esas amigas volverán a estar ahí para recoger a Marta magullada si la decisión deviene fracaso.

El principio y el fin de la historia. La necesidad de Marta de escapar de su barrio a toda costa y el descubrimiento de la identidad forjada en esas calles como elixir necesario para cualquier creador, te hayas criado en mansión o en favela. El desarrollo mientras tanto rebosa una autenticidad sobrecogedora con un punto idealizado de la amistad pero con la crudeza hacia la felicidad de los momentos.

Y también un punto de lo que podría llamarse empoderamiento femenino. Porque estas chicas son también esas mujeres de generación ya liberada, enfrentadas sin duda a trabas todavía firmes pero convencidas de que ser mujer es hacer lo que te salga del coño. Sin duda una historia para disfrutar y para recuperar horizontes perdidos, los de aquellos días que muchos ya solo podemos contemplar desde viejas fotos.

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