La casa de papel nos descubrió a un Berlín oscuro pero cautivador. Las nuevas entregas de Berlín tienen más de un personaje hacia mayores cotas de sofisticación. Algo así como un James Bond hispano. Y lo de sus sombras autodestructivas quedan relegadas a ramalazos desesperados, si la acción lo requiere.
Tiene sentido esa retirada de la mala hostia de la primera serie. Estar atracando un banco y esperando un complejo plan de fuga sacaría lo peor de cualquiera. Ya con un Berlín libre, conocemos su lado un poco más amable, o hasta el deje snob del nuevo rico-ladrón. La clase no se compra ni con dinero robado. Se tiene o no se tiene. Berlín la tiene, sin más.
Aquel Berlín funambulista de la moralidad se exhibe ahora como un encantador de serpientes, de esas serpientes que se deslizan oscilantes en las altas esferas de la sociedad. Aunque en esta ocasión, para su completa sorpresa, nuestro amigo Berlín se ve finalmente magnetizado por lo popular.
Al final la pasión, como el propio Berlín intuye y nos advierte, es lo que lo mueve todo. Y los estirados multimillonarios a los que estafar y las estiradas multimillonarias a las que rondar no tienen ni pizca de esa vitalidad esencial. Entre tantos bienes tangibles, las almas no encuentra sitio para lo intangible.
Ella, siempre ella. Candela en este caso. Un personaje encarnado primorosamente por Inma Cuesta. La pasión verdadera que le faltaba a Berlín para dejar de ser la fría capital alemana y empaparse de Sevilla.
Solo que el hombre enamorado puede alcanzar la desconcertante sensación de invulnerabilidad del paracaidista sin paracaídas. Algo que nace desde el desmadre de las hormonas en regresión a la adolescencia. Y eso le puede pasar factura en la misión recién emprendida de escarmentar a un vanidoso duque. El mismo duque que pretende contratar a Berlín como si fuera un lacayo, para uno de esos robos del siglo que en ocasiones ocurren (véase el robo del Louvre de 2025 que parece no llegar nunca a sus originales ladrones).
La cuestión es que Berlín ha aparcado sus sombras de La casa de papel, pero no ese orgullo recalcitrante que lo puede llevar más a la impulsividad que a la eficiencia necesaria del ladrón de guante blanco.
Berlín enamorado y con su orgullo herido ¿Qué puede salir mal?
Aunque, siendo francos, como espectadores no esperamos menos. Argumentos y escenas que se van cerniendo sobre Berlín y los suyos como una tormenta perfecta. Y escapar de un banco no puede ser tan fácil como escapar del ojo de un huracán…