Vueltas y vueltas hasta alcanzar ese punto en el que la ficción se pasa de rosca, para bien en este caso.
Todo estaba bien ajustado en los guiones de la serie Aída, una de las sitcom made in Spain más famosa, con permiso de «Siete vidas» o de «Aquí no hay quien viva». Pero ahora llega la película para apretar al máximo y sobrepasar la tensión que fija la pieza. Y así acaba por escacharrarse todo, evidenciando los vicios ocultos, las miserias y esa extraña humanidad que desprenden los actores en su condición de prestidigitadores de la vida hecha espectáculo.
La intención tiene ese punto de transgresión entre bambalinas, al otro lado del cartón piedra, donde no llegan los transformadores efectos de luz. Es ahí donde los actores, haciendo de sí mismos en su faceta más histriónica (o en su más crudo reflejo, ¿quien sabe?), nos enseñan cómo pudo haber sido esa convivencia en horario intensivo. Una convivencia que tornaba difusos los límites entre vida del actor y vida del personaje. Todo como movido según las aceleradas pautas de una regidora de escenario convencida de que todo se puede repetir una y otra vez hasta la perfección de lo imperfecto.
Esperanza Sur no existía, amigos. Eso es lo que parece que nos indican ahora Aída, Luisma y compañía, sin saber que nosotros ya lo sabíamos. Y así, son los sorprendidos personajes los que improvisan al verse asaltados en su representación ya falsa para nosotros. Y se cobijan entonces en la piel de los actores.
El metacine es lo que tiene. Se abre la caja de pandora de las paradojas y todo el mundo transita entre escenario y bastidores sin saber exactamente si lleva puestos sus zapatos de calle o los malditos y dolorosos zapatos de tacón de Aída, en este caso.
Una historia metacinesca sublime como fue la Babylon de Brad Pitt y Margot Robbie siempre se puede tomar como referencia de este tipo de creaciones. Pues aquí una réplica a menor escala pero igual de convincente y conmovedora. Sobre todo en cuanto a esa capacidad para transformar el humor de las tablas en la tragedia escondida. O mutatis mutandis capaz también de reconvertir la tragedia en risa amarga.
Al final nadie sale indemne de tantas idas y venidas de un lado al otro del umbral de la realidad. Y quien más quien menos en Aída tiene su psicólogo de cabecera o sus drogas con las que sobrellevar las desconcertantes exigencias de la fama.
Alguna ausencia memorable como la de la Lore, la hermana del Jonathan. Pero un gustazo descubrir a todos los demás habitantes de Esperanza Sur, en esos momentos antes de salir a escena, con sus dudas de actores que no encuentran sentido a la escena del día; con sus querencias, sus odios, sus manías y confabulaciones. Un universo donde no podía faltar el humor de la serie original. Ahora sobre todo enfocado a la crítica social más abierta y descarnada. Los estereotipos, los estereotipadores, la moral y los moralistas… ese extraño batiburrillo que acaba por dotar a la conciencia social de una capa permeable para lo siniestro e inaccesible para lo absurdo. Porque estaremos de acuerdo en que si un enano es un abusador, prevalecerá su condición de abusador sobre su condición física ¿o no? Muchos chistes malos nos quedan…
La cosa, volviendo a la serie en sí, es que Aída acabaría hasta el toto de Aída. Y a Luisma le costaría despegarse de su disfraz de Luisma sus buenos años. Debajo estaban unos actores camaleónicos como Carmen Machi o Paco León que no terminaban de mutar de piel por mucho que quisieran. Porque la calle les concedió la fama y los condenó a ella. Y solo con el tiempo puedes acabar entendiendo por qué los actores se quieren desetiquetar. Supongo que para no ser un producto pasado de moda, en un futuro que ellos intuyen antes que nadie.
Aun así, no está nada mal para el Luisma, Aida y compañía darse un homenaje como este, pasados los años y ya con unas carreras actorales de vértigo. Un reencuentro fácilmente entendible como muy emotivo para todo aquel elenco de actores que nos divertían cada domingo con sus cosas de gente de barrio, de picaresca siglo XXI y de supervivencia atemporal, al fin y al cabo.
Para redondear la idea de lo metacinesco, termino con una cita de la propia peli que podría explicar la idea del actor sobreexpuesto a la fama. Creo que la dice Mauricio Colmenero y es algo así: «Temo más al pueblo con antorchas en busca de Frankenstein, que al propio Frankstein». La película termina con unos chicos en la calle, hechos unos energúmenos, como ciudadanos armados de antorchas prendidas de insultos, haters en busca de Frankensteins a sus ojos.