3 mejores libros de Sandro Veronesi

Dos de los últimos premios italianos Stregana a obras de ficción (de lo más destacado en Italia en literatura) se concedieron a sendos autores tan interesantes como Cogneti en 2017 y ahora a Sandro Veronesi, quien ya repetía premio. Y así se demuestra que un gran galardón no es necesariamente coto exclusivo de obras seleccionadas casi a dedo para satisfacer de inmediato ambiciones comerciales.

Porque tanto Cogenti como Veronesi construyen sus novelas desde una intencion convulsiva de la conciencia, un interés disruptivo y vanguardista, quizás no moralizante pero sí al menos estimulante para ese espíritu crítico o trascendental que completa la literatura con su necesario revestimiento.

En el caso concreto de Veronesi, no hay más que ver su entrega también en obras de no ficción a aspectos sociales como es el problema actual de la migración. En su libro “Salvar vidas en el Mediterráneo“, trata de abrirnos una vez más los ojos para divisar el dilema humano tantas veces soslayado con desdén.

En cuanto a sus novelas, Sandro Veronesi consigue esa implicación lectora que siempre consigue el salpicado que jamás puede dejar indiferente. Veronesi novela incluso su propia vida y hace de la literatura verdad cruda, al gusto de paladares capaces de digerir ese sabor variable según se degusta la propia vida, con deleite en algunos bocados intercalados con otros de pura aversión desde lo trágico. Esos últimos son los que necesitan de buenos tragos de vida para pasarlos. Una mezcla que lo es todo, incluso nuestras contradicciones…

Top 3 libros recomendados de Sandro Veronesi

El colibrí

Es curioso como en lo diferente sacamos la mejor de las empatías. En la fragilidad nos descubrimos a nosotros mismos expuestos y solo así nos lanzamos a la defensa de las causas perdidas, de los retos vitales, del resarcimiento mágico de los perdedores de cuna.

El colibrí es un pájaro menudo que tiene la capacidad de mantenerse en suspensión en el aire. Cuando era niño, a Marco Carrera su madre lo llamaba colibrí por su esca­sa estatura.

El problema de crecimiento se solucionó con inyecciones de hormonas, pero Marco ha seguido siendo un colibrí por su habilidad para seguir en el aire a pesar de las adversidades. Un día lo visita en su con­sulta el psicoanalista de su mujer y, saltándose el secre­to profesional, le advierte de que esta ha descubierto que sigue carteándose con un amor de juventud.

No será el único conflicto al que tendrá que enfrentarse Marco: deberá cuidar de sus padres enfermos; deberá tratar de reconciliarse con su hermano, porque sobre ellos planea la sombra del final trágico de la hermana muchos años atrás, y también deberá hacerse cargo de su nieta cuando su hija, madre soltera, deje de poder hacerlo…

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Caos calmo

Las disyuntivas más atroces no suelen posibilitar la decisión. Y si arrepentirse de una decisión determinada como mala ya supone una dosis de culpa mal llevada, cuando el albur de los hechos derivan en esa disyuntiva donde todo ocurre sin elección, la derivada final es una culpa ciega, una transición incómoda hacia la oscura certidumbre de que somos títeres en manos de un destino caprichoso y siniestro.

La vida de Pietro Paladini, ejecutivo de una televisión de pago, sufre una convulsión un día en que, mientras está a punto de morir ahogado al salvar a una desconocida, pierde a la mujer con la que iba a casarse en pocos días. Instalado en un «caos calmo», Pietro se irá convirtiendo en el epicentro de un mundo que le transfiere su propio sufrimiento.

Asistimos así a una progresivamente cómica peregrinación de personajes: un hermano triunfador con complejo de Peter Pan; una cuñada desquiciada; la mujer que salvó; sus compañeros de trabajo y sus jefes, quienes tratan de vencer su serena equidistancia y atraerlo hacia sus propias filas.

Sólo su hija encontrará el camino que les permita seguir viviendo, aceptando las imposiciones de la madurez. Sandro Veronesi plasma en esta novela el caos de nuestras ciudades, de nuestras familias en crisis, de una economía fundada no ya en el valor del trabajo, sino en la pura especulación.

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Profecía

Cada cual escribe la historia de su relación paterna como mejor puede. Porque hay algo de especial entre padres e hijos, quizás demasiados silencios que acaban atravesando cuando se barrunta el final. Y entonces todo se puede precipitar en cascada de emociones a lo Big Fish, transformando una relación que nunca fue pero que merece la pena ser repasada al criterio del cariño, los recuerdos y la imaginación.

Algún tiempo después de la muerte de su madre, Alessandro Veronesi tendrá que enfrentarse también a la enfermedad terminal de su padre. Esta situación, en la que se invierten los papeles tradicionales de padre e hijo, siendo éste quien ejerce de guía, dará paso a momentos trágicos pero también grotescos: la burocracia asociada a la enfermedad, la hipocresía de una eutanasia que oculta su nombre, la difícil selección de cuidadores, los destellos de humor del moribundo, la desgarradora paranoia.

Unánimemente aclamado por la crítica, Profecía nos ofrece la bien conocida historia de la muerte de los progenitores con una nueva luz, gracias a su sabiduría narrativa: un punto de vista inusual (el tú de un desdoblamiento que acaba también implicando al lector) y el uso de un futuro que, como indica el título, remite a los textos apocalípticos (porque de un pequeño apocalipsis cotidiano aquí se trata).

Completan este volumen otros dos relatos que tienen también las relaciones paterno-filiales como tema principal. El primero cuenta la historia de un joven que pretende darle un sentido póstumo a la muerte (y tal vez a toda la vida) de su padre mediante lo que podríamos denominar «una ética del resentimiento». El segundo, en cambio, nos sitúa ante los conflictos más graves de dos jóvenes en el microcosmos de las pequeñas tragedias cotidianas que habitan nuestro día a día, como en esas narraciones de Carver cuyos personajes vagan por su existencia en busca de un sentido que se les escapa.

Tres relatos, en definitiva, que presentan diversas perspectivas sobre la experiencia de lo que representa el paso de la inocencia dolorida (con Salinger y Cheever ahora de fondo) a una madurez en la que ese ser maduro nos exige la capacidad de aceptar el Mal en forma de resentimiento, de dolor, de desamor o, en fin, la muerte del padre como imagen de la propia.

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