3 mejores libros de Wilkie Collins

La coincidencia generacional entre Edgar Allan Poe y el propio Collins, supone también una conexión temática  que parece cartografiar un espacio creativo entre Estados Unidos e Inglaterra. Desde Boston hasta Londres, estos dos genios del siglo XIX compartieron infiernos desde los que rescatar historias del crimen, de lo avieso del ser humano.

A la postre también los dos acabaron por vivir más en ese inframundo de la locura desde unas adicciones al alcohol o los opiáceos. En el caso de Poe sus vicios encerraron su alma tras los mismo muros de su relato “el corazón delator”. Para Wilkie Collins, bastante más prolífico en su bibliografría (también vivió bastantes más años), las drogas fueron un paliativo para dolencias varias que lo condujeron hacia historias más fantasiosas en su general repertorio de lo siniestro.

En definitiva, ambos cultivaron ese incipiente policíaco entre las brumas de lo fantástico y lo terrorífico como consecuencia de la oscurecida psique de ambos, por las dispares causas ya apuntadas. Y como quiera que la etiqueta del creador maldito apunta siempre más a quien acaba antes con sus días, Poe acabó por llevarse más gloria de los amantes del terror gótico o del policíaco más oscuro.

Pero, en un ejercicio de sinceridad, pese al potente imaginario de Poe, Collins es un narrador de mayor riqueza, con más posibilidades lectoras. Es imposible saber si el Collins padeciente de sus dolencias y marcado por sus tratamientos pudo haber sido otro tipo de escritor. Porque en ocasiones Collins llegó a asegurar que no recordaba cómo había escrito alguna de sus novelas (Lo mismo reconoció Stephen King en el caso de Carrie. Corrían los ochenta y la cocaína era una amiga inseparable). Sea como fuere, William Wilkie Collins tiene mucho que ofrecer y casi nunca defrauda.

Top 3 novelas recomendadas de Wilkie Collins


La dama de blanco

Si Becquer se hubiera dedicado en alguna ocasión a la novela policíaca, esta vendría a ser una obra que se ajustaría bastante a lo que podríamos esperar del genio sevillano.

La ambientación romántica pero siniestra, una especie de magia negra que parece flotar en el ambiente como en las leyendas becquerianas. Cambiaríamos Veruela por la campiña inglesa y encontraríamos en esta obra epistolar un efecto muy pero que muy parecido con lo que escribió Becquer en su celda del monasterio cisterciense aragonés.

Las misivas de Walter Hartright nos van guiando por la particular aventura del personaje hacia un espacio misterioso, cargado de oscuras intuiciones, de pasiones y pulsiones que nunca se sabe por dónde van a romper.

Hay quien habla de la dama de blanco como una mujer real. Y de un litigio entre lo pasional, lo policíaco y lo judicial que acaba desvelando las miserias de nuestra propia concepción de lo justo. Pero lo mejor es cómo la narración nos va asomando a un espacio brumoso donde la magia, la imaginación y la locura juegan a su antojo con nuestra razón.

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La piedra lunar

Antes de que en julio de 1969 se pisara la luna, la fascinacion por nuestro satélite proliferaba en mil y una leyendas sobre selenitas, influjos cósmicos y cualesquiera otras hipótesis. No es que esta historia verse sobre un viaje espacial.

Más bien se trata de importar toda aquella magia de nuestro faro cósmico para construir una novela entre la aventura, el misterio y lo policíaco. No hay víctimas ni asesinos. Solo se trata de descubrir al ladrón que se ha hecho con una pieza sin igual, una piedra lunar en manos de la potentada joven Raquel Verinder.

Las características misteriosas que envuelven a la joya transforman esa búsqueda sin cuartel del delincuente en una mayor profundización en la personalidad de los protagonistas de una obra coral. Porque la piedra lunar tiene algo de espiritual.

Así, empezamos acercándonos a los invitados de Raquel, sondeándolos cual investigadores y acabamos trazando las casualidades, los caprichos del destino y los más inesperados motivos que acaban por compartir aspectos primigenios de un policíaco deductivo equilibrándose con un punto fantástico que sirve para la sopresa y el virtuosismo de una obra tan heterogénea como fascinante.

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El hotel encantado

Las novelas de terror, con ese añadido decimonónico de Collins o de Poe, adquieren un gusto especial para un lector actual. Se trata del sazonado melancólico de esos días de primera modernidad, entre una prístina tecnificación y una apertura progresiva a la globalización.

No sé, quizás se trate de alguna especie de intención frustada por regresas a esos días y detener el capitalismo más desaforazado actual, las distopías de los escritores que llegaron después, en el siglo XX. Quizás por eso esta casa encantada de más miedo. Los protagonistas se asoman a las sombras de lo que son, prolongadas hasta nuestros días desde las ambiciones descontroladas.

Estancias repletas de fantasmas recuperados desde los miedos más ominososo del ser humano. La duda sobre cómo pueden existir esos fantasmas sino es desde nuestra propia locura. En aquellos días el mundo todavía podía creer en Dios o en fantasmas, en paraísos por encontrar en la Tierra…, pero lo peor era la certidumbre de que nosotros, los propios humanos, éramos los peores enemigos, capaces del peor engaño, de despertar los peores fantasmas, simplemente por frustración y odio.

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