3 mejores libros de Robert Bryndza

En su momento me lancé con una clasificación de escritores de novelas negras por países. Se trataba de referenciar a lo más granado de cada país en un género extendido por doquier como uno de los más fructíferos y exitosos. Y claro, después uno revisa y se da cuenta de que la tarea siempre requiere de una revisión posterior.

En el caso de la novela negra británica, señalé a los grandes Ian Ranking o John Connolly. Y apunté también a una autora más joven como Tana French como relevista natural o como complemento para estos dos monstruos. Pero desde entonces otro autor llegado desde las islas británicas ha empezado a abrirse paso a base de buenas novelas que dan codazos entre las listas de ventas de librerías de todo el mundo.

Por supuesto, me refiero a Robert Bryndza y a su personaje fetiche Erika Foster, una detective de casta con sus luces y sombras habituales, enfrentada a casos de máxima tensión sobre cuyas circunstancias y desarrollo, Bryndza sabe imprimir una combinación del policíaco en el que las pistas nos enfretan a giros y cambios de dirección sorprendentes, y del noir más puro en el que el crimen asoma sombreando muchos aspectos sociales, políticos o de poder.

A la vista de la explosión Bryndza y de su demostrada voluntad de ahondar en una saga que ya ofrece dos entregas más, hay que tenerlo muy en cuenta y disfrutar de su fecundidad creativa que nos invita a hacer de Erika uno de esos personajes con los que reencontrarnos periódicamente.

Top 3 novelas recomendadas de Robert Bryndza

Te veré bajo el hielo

La primera de la saga, una historia que te mantiene magnetizado. Hay una especie de confabulación literaria mundial para hacer emerger el rol de la mujer como el nuevo emblema del personaje principal de las novelas negras.

Los inspectores de policía les han dejado paso a ellas, para que demuestren que pueden ser más sagaces, más finas y mas metódicas a la hora de conseguir desvelar un asesinato.

Y no está nada mal. Ya era hora de que la literatura empezara a igualarse un poco. No sé qué fue antes, si “El Guardián Invisible” de Dolores Redondo, o el “No soy un Monstruo” de Carme Chaparro o muchos otros casos allende nuestras fronteras.

La cuestión es que la mujer ha llegado para quedarse en la novela negra, como protagonista y/o autora. En este caso el autor es Robert, un joven londinense que también se ha sumado a la nueva corriente literaria.

En esta obra la policía en cuestión se llama Erika Foster, quien tendrá que enfrentarse a un escabroso caso en el que una joven aparece muerta y congelada, bajo una capa de hielo que la presenta como en un macabro espejo. Lo importante en toda novela negra es que a partir del punto de partida, normalmente un asesinato, la trama te invite a avanzar por un oscuro camino, desasosegante en ocasiones.

Un espacio donde convives con los personajes y conoces los entresijos oscuros de la sociedad, sus aspectos más sórdidos, aquellos que también sirven para convertir a cada personaje que aparece en un nuevo sospechoso.

Robert consigue rápidamente lanzarte esa soga que atrapa en este tipo de novelas, que por momento parece apretarte el cuello pero que nunca puedes dejar de leer.

Como suele pasar en estas obras, conforme Erika se va acercando al asesino, vamos sintiendo la espada de Damocles que pende sobre ella, sobre su vida puesta en juego en la resolución del caso. Y entonces aparecen, como casi siempre en este género, los fantasmas, los infiernos y demonios personales de Erika.

Y tú, como lector sientes la zozobra al descubrir que el único personaje que transmite algo de humanidad en un mundo oscuro, también se ve amenazado. El final, como siempre en la novela negra, sorprendente, culminando un desarrollo impecable donde todo encaja con esa maestría del buen escritor de novela negra.

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Aguas oscuras

La tercera entrega de la saga tiene un no sé qué de depuración, de excepcional control de la tensión narrativa. En el género negro, los bestseller surgidos de manera expontánea se multiplican por doquier.

En España tenemos el caso del fulgurante e insultantemente joven Javier Castillo, por citar a uno de los más destacados. En Reino Unido tienen a un Robert Bryndza que apunta a ese mismo nivel desde un origen compartido en plataformas de autoedición en las que la querencia de los lectores acaba por alcanzar a editoriales punteras.

“Te veré bajo el hielo“, su primera novela (o al menos la que lo dió a conocer en toda Europa), nos presentó a una implacable Erika Foster enfrentada al criminal y a sus abismos interiores como paradigma de cualquier novela negra actual.

Y la cosa funcionó notablemente porque Robert se ocupó de dotar de esa verosimilitud inquetante del buen narrador de escenarios entre lo morboso y lo siniestro a la espera de divisar un poco de luz en una resolución del caso que imperativamente debe presentarse desde un climax argumental. Y ahora nos encontramos con una tercera entrega de la saga Foster que apunta hacia esa máxima de que ningún gran secreto puede enterrarse para siempre.

La casualidad o tal vez la causalidad deriva en un encuentro inesperado. Durante una operación antidroga que concluye con la incautación de un importante alijo y con el descubrimiento de unos huesos humanos, espeluznantemente pequeños.

La sombra del infanticidio o de algún extravío remoto de un niño se abre como una hendidura de la conciencia. Los huesos pertenecen a la pequeña Jessica Collins, desaparecida hace más de dos décadas.

La recuperación de casos remotos tiene siempre ese extraño encanto del tiempo perdido, de las mentiras capaces de abrirse camino entre la crueldad, de la desesperacion de unos familiares que vuelven a toparse de pleno con sus fantasmas repudiados a los sueños de cada noche.

Quien mejor puede orientar a Erika Foster es Amanda Baker, quien encabezara la búsqueda de la niña y el desentramado de los motivos para su desaparición. Pero quien fuera que engañó en su momento a Amanda estará muy al tanto de las novedades.

También el asesino puede tener sus propios fantasmas, unos oscuros recuerdos de lo que hizo y lo que puede volver a hacer si la agente Foster sigue indagando acerca de ese caso olvidado.

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Una sombra en la oscuridad

El Londres más emblemático transformado bajo un nuevo prisma. Nada de oscuridad y fría humedad. Una ola de calor que somete a la ciudad a unas condiciones inusuales que enrarecen el ambiente.

Un criminal que busca su demencial gloria en la serie de asesinatos para unas víctimas cuyos vínculos no parecen muy cercanos más allá de su condición de varones solteros. Erika Foster toma de nuevo la batuta para ir adentrándose en esas sombras singulares convertidas en refugio frente a la ola de calor.

Desde la simple representación macabra de la muerte, repetida con meticulosidad en cada escenario, Erika deberá ir descubriendo los detalles para que el mal se manifieste de esa atroz forma frente a unas víctimas que poco a poco pueden ir acercándose a vínculos más claros en los que la venganza y la animadversión puede ser el motivo fundamental para su muerte.

Solo que conocer más supone para Erika aproximarse demasiado a un núcleo del caso en el que enseguida pasará a ser vista y por lo tanto, enfocada como nueva víctima necesaria para que el plan del asesino no acabe por desmoronarse.

Y tal como avanza la trama es de preveer que el poder de ese asesino alcance espacios inimaginables. Una novela colmada de giros en ocasiones intuídos y en otros momentos desconcertantes.

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