Al amparo de la ficción histórica, Éric Vuillard aprovecha para ofrecernos una literatura que acaba por escapar de su escenografÃa para representar cosas más interesantes, que escapan al contexto mismo del momento histórico referido. Historias que apuntan a la noción de que lo netamente humano escapa al momento, a las circunstancias y las tendencias.
Desde lo anecdótico y con un innegable punto cinematográfico, Vuillard tira de sus personajes y de una visión casi siempre anticipada de hechos trascendentes, para disponernos ante la idea de que siempre podemos encontrarnos en la antesala de algo transformador, para bien o para mal. Con su habitual disfraz de revolución, con su incontestable noción de profecÃa autocumplida en base a movimientos que se repiten…
Y asà las novelas históricas de Vuillard pasan a ser crónicas del desastre, anticipos, perfilados de los motivos esenciales que acaban por olvidarse en mitad de la guerra o revolución de turno. Porque una vez entrados en la cerrazón del ideal, pocas veces se evoca esa chispa anecdótica que lo precipita todo y que siempre amenaza con precipitarnos precisamente al abismo de caprichos hechos frentes bélicos.
Top 3 novelas recomendadas de Éric Vuillard
El orden del dÃa
Todo proyecto polÃtico, por bueno o malo que sea, siempre precisa de dos apoyos básicos de arranque, el popular y el económico.
Ya sabemos que el caldo de cultivo que era Europa en el periodo de entreguerras propició el crecimiento de populismos como el de Hitler y su nazismo establecido desde 1933…Pero lo cierto es que como tal organización, el originario régimen nazi todavÃa no habÃa podido meter mano, expolio mediante, a sustento económico alguno…
¿Cómo consiguió Hitler compensar ese apoyo creciente popular? ¿De dónde llegó la financiación necesaria para sacar adelante su proyecto con la demencial solución final incluida? La Historia en ocasiones acalla detalles que, por lo que sea, acabamos obviando, ignorando o pasando por alto… Porque sÃ, Hitler encontró su financiación en empresarios de renombre como los de Opel, Siemens, Bayer, Telefunken, Varta y otras empresas.
No se trata de acusar sino de mostrar una crónica completa de los hechos. Una reunión en febrero de 1933 concitó a grandes personalidades económicas del paÃs teutón con el mismÃsimo Hitler. Quizás aquellos industriales no acertaron a descubrir lo que provocaban con ese apoyo. Se puede considerar que ellos tan solo divisaban a un pujante polÃtico con magnetismo para las gentes y con retórica y capacidad para conseguir mejorar la situación económica de una Alemania que de nuevo volvÃa rugir con potencial de motor europeo.
Tampoco hay que olvidar que el no tan lejano conflicto de la Primera Guerra Mundial despertarÃa en tantos alemanes un sentimiento nacionalista del paÃs que se levantaba de su derrota. Tantos y tantos aspectos desembocaron en que tras esta reunión, Hitler hubiera encontrado soporte para sacar adelante su plan de gobierno.
Los industriales salieron convencidos de que sus intereses económicos quedaban bien cubiertos. La maquinaria del nazismo cobró fuerza desde aquellos dÃas de febrero de 1933. Todo se ponÃa de cara para Hitler. La suerte estaba echada. Los detalles sobre tantos y tantos aconteceres de aquellos dÃas vienen descritos en este libro escrito desde las bambalinas de la historia, desde ese espacio oscuro y privilegiado en el que se divisa la escena…

La guerra de los pobres
Normalmente todo conflicto está azuzado desde altas esferas de poder, vendiéndola como necesario enfrentamiento de las clases desfavorecidas contra invasores pintados del color del miedo por esos mismos poderosos que pretenden el beneficio tras la sangre de otros.
En esta ocasión, como ocurrió y ocurrirá en pocas ocasiones en nuestro mundo, la noción, la idea de la necesaria lucha nace desde esos mismos estratos de los desheredados. Pocas batallas tan justas… Año 1524: los campesinos se sublevan en el sur de Alemania. El levantamiento se extiende, gana rápidamente adeptos en Suiza y Alsacia.
En medio del caos destaca una figura, la de un teólogo, un joven que lucha junto a los insurgentes. Se llama Thomas Müntzer. Su vida es terrible y novelesca. Pese a su trágico final, similar al de sus seguidores, fue una vida que merecÃa vivirse, y merecÃa, por tanto, que alguien la contara. Nadie mejor que el premio Goncourt Éric Vuillard para seguir los pasos de ese predicador que simplemente querÃa justicia.
También para retratar a otros personajes que, como John Wyclif o John Ball en la Inglaterra de dos siglos antes, o Jan Hus, abrieron una brecha y, esgrimiendo la Biblia —traducida ya a las lenguas vulgares, y cuyo mensaje llega a todos—, se alzaron contra los privilegiados.El espÃritu que animó a aquellos valientes interpela incisivamente la realidad de nuestros dÃas: hoy como ayer, los desheredados, aquellos a los que antaño se les prometÃa la igualdad en el Cielo, se preguntan: ¿y por qué no conseguir la igualdad ahora, ya, en la Tierra?
La batalla de Occidente
La Gran Guerra y sus tejemanejes. Los relatos oficiales del insostenible equilibrio roto por afrentas y crÃmenes contra toda una nación encarnada en un solo hombre. De todo aquello da buena cuenta un Vuillard siempre empeñado en la visión más crÃtica frente a la visión supuestamente legÃtima de los ganadores y el victimismo enquistado de los vencidos.
El conflicto con que Europa inauguró el siglo XX, la Primera Guerra Mundial, fue una masacre sin justificación alguna y cuyas causas se nos antojan carentes de sentido. Desencadenó la caÃda de varios imperios, una gran revolución y una carnicerÃa sin precedentes. Todo eso provocado por unos tiros de revólver…
Éric Vuillard, a su personalÃsima manera histórica, polÃtica y polémica, elige puntos de vista inéditos para narrar episodios de esa Gran Guerra que desde 1914 a 1918 desangró a Europa, para poner el foco en el atentado de Sarajevo, en las estrategias alemanas y francesas, en las alianzas inexorables, en las ideas de pensadores «bélicos» como Schlieffen, Clausevitz y Carnot, y seguir el trazo de los dólares de la guerra, asà como las huellas de algunos asesinos. Sin olvidar a los muertos, los prisioneros, los deportados y los mutilados una vez acabada la contienda. Quizá hicieron falta más de diez millones de muertos para que, por primera vez, todas sus tumbas se parezcan.


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