Perros mirando al cielo, de Eugenio Fuentes

Desde que Ricardo Cupido naciera como personaje a inicios de los 90, su recorrido desfaciendo entuertos criminales ha hecho de nuestro héroe uno de los imprescindibles en el oficio policial a lo castizo más ibérico. El género negro español, como el italiano o también el francés viene aromatizado por un deje sureño.

Porque los asesinatos aquí se ejecutan con su componente emocional o por traiciones personales o de negocios. No hay alevosía ni fascinación por la muerte como los psicópatas más reputados de otras latitudes más al norte. Y claro, así las escenas de los crímenes pueden ser toda una fiesta para el investigador de turno. Pero en ocasiones uno se encuentra con esos crímenes perfectos que precisamente destacan más entre la tendencia por lo chapucero cuando no hay particular alevosía. No dejar mácula y apuntar a muertes más naturales es todo un arte que merece de tipos como Cupido. Alguien capaz de la investigación más inesperada pero dotado también del instinto más sofisticado para criminales de guante blanco.

Santiago, médico a cargo del servicio de urgencias del Gregorio Marañón, disfruta de unas merecidas vacaciones tras el estrés de la primera ola de la pandemia de Covid. Viaja con su mujer y su hijo a Breda, pequeño pueblo donde él ejerció la medicina por primera vez veinte años atrás, y estaba recién licenciado.

Cuando a los pocos días aparece muerto, su viuda contrata a Ricardo Cupido, el detective que ya es viejo conocido de los lectores de Eugenio Fuentes, para que le ayude a esclarecer el caso. Cupido, que no logró resolver el último caso encargado (el accidente de tráfico en el que murió una mujer embarazada de siete meses en la carretera de Breda), se implica hasta el fondo en este nuevo, en el que tendrá que investigar si las razones de este asesinato están en el presente o en el pasado que vuelve.

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