Generación perdida

Nos equivocamos. Qué se le va a hacer. Pero lo hicimos adrede. Nos llamaron la generación perdida porque nunca quisimos ganar. Aceptamos perder antes incluso de haber jugado. Fuimos derrotistas, fatalistas; caímos en el facilis descensus averni de todos los vicios en los que gastar nuestras vidas. Nunca nos hicimos viejos ni decadentes, siempre estuvimos tan vivos… y tan muertos.

Solo hablábamos del hoy porque era lo que nos quedaba, todo un inmenso hoy de juventud, vitalidad y sueños desterrados, agotados, extirpados con la cirugía de las drogas. Hoy era otro día que quemar en la rápida combustión de la vida. Tu vida, mi vida, tan sólo se trataba de tiempo que calcinar como hojas de un calendario frenético.

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Historia dentro de otra historia

Un lazo sin fin. Un bonito motivo decorativo para el patio de lo que fuera una sinagoga, resucitada siglos después como casa rural, llamada: “El sueño de Virila”.

Cuando decidí el nombre de mi novela: “El sueño del santo”, me resultó curioso encontrar esta coincidencia en internet. El todo por la parte, una sinécdoque para hablar del mismo personaje, San Virila, y su sueño hacia una experiencia mística, un especie de ensayo de la eternidad.

En la presentación de la novela en Sos del Rey Católico, charlé un ratillo con Farnés, la encargada, junto con Javier, de rehabilitar la vieja sinagoga y llenar, esos intramuros centenarios, con almas de paso que pueden hospedarse y disfrutar de la hermosa villa de Sos del Rey Católico.

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Fresh Banking

El invierno de la economía ha llegado. Los colchones vuelven a cobijar los ahorros de la gente, confiando más en sueños prósperos que en las promesas del 5% de los fondos de inversión. No es para menos, cotidianamente vemos cómo los bancos se estudian unos a otros con la mirada sospechosa de Clint Eastwood en “El bueno, el feo y el malo”.

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Arreglando el mundo a patadas

La peña tiene teorías sorprendentes. Recientemente, tomando café en un bar y hablando sobre el tiempo, un improvisado tertuliano se ha unido a nuestro grupo y, con aires de Nostradamus, ha asegurado que el cambio climático se debe a la afección directa de tanto satélite en la atmósfera. El primo de Rajoy secundaría esta opinión, sin duda.

También alguien me dijo hace poco que dentro de algunos años todos llevaremos un chip insertado en el brazo con el cual pasaremos por todo tipo de controles. El susodicho me explicaba, absolutamente convencido, que hasta para comprar papel higiénico en el Sabeco pasarán el escáner por nuestro brazo para ver si tenemos saldo.

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Sin techo

Revista literaria “Ágora”. 2004. Ilustración: Víctor Mógica Compaired.

            Ya puedes encontrar el mejor cartón; una vez que el efecto del vino se diluye y vuelves a sentir el hielo pegado a tu espalda, ese cartón que con tanto ahínco buscaste deja de pasar por una confortable manta para transformarse en la puerta de la nevera. Y tú estás dentro del frigorífico, tu cuerpo derrotado es una solitaria merluza que se conserva en congelación en la oscura noche.

            Aunque también te digo una cosa, una vez que sobrevives a tu primera congelación ya nunca mueres, ni aunque sea lo que más quieras. La gente normal se pregunta cómo sobrevivimos en las calles durante el invierno. Es la ley del más fuerte, el más fuerte entre los débiles.

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Espíritus de fuego

Revista literaria “Ágora”. 2006. Ilustración: Víctor Mógica Compaired.

La noche marcaba sus negras horas con el sosegado chisporroteo de la madera en el fuego. Águila buscaba en la hoguera instrucciones para el combate del amanecer, pero su sentido mágico seguía sin manifestarse, sin noticias de los grandes espíritus Sioux.

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