Los 3 mejores libros de Georges Perec

La literatura francesa disfruta de una escena narrativa rica y variada con autores que despuntan en propuestas vanguardistas como son, cada uno a su manera, Houellebecq o Foenkinos; o del noir más superventas a nivel internacional con Fred Vargas o Lemaitre. Todos estos grandes narradores y muchos otros disfrutan la herencia de un Georges Perec que en su corta existencia dio muestras de una capacidad desbordante en esa meta suya de la experimentación.

Exponente del desconcierto y el extrañamiento, del argumento exprimido hacia la síntesis narrativa como alquimia donde los personajes destilan su alma. Un autor prodigioso en todas aquellas facetas donde el lenguaje cobra otra dimensión, ya sea prosa o verso, artículo o ensayo. Ese es el Perec que se nos presenta polifácetico en cualquiera de sus libros.

Brillante en las letras y quizás oscurecido en su alma por ese siniestro legado reciente de un exterminio judío que lo salpicó en la infancia con la pérdida de sus padres. La cuestión es que la literatura una vez más como placebo en lo más personal o como sublimación en la faceta creativa se desplegó en una obra cargada de ese significado último y ese poso trascendente de la buena literatura.

Top 3 novelas recomendadas de Georges Perec

Me acuerdo

Recordar es citarse a uno mismo aún a riesgo de no haber tomado las decisiones que en aquel otro momento asomaban como horizonte. Por eso ese comienzo de relato con el que visionamos hechos ofrece sinceridad, crudeza, melancolía, confesión. Con «me acuerdo» exponemos a los demás otros días idealizados en los que las cosas ocurrieron y transcurrieron extrañamente siempre a contrapié, con su punto de hilaridad, de lirismo y de desconcierto. Justo el otro foco necesario para entender el ayer o hasta la más remota época vivida de la historia reciente.

«Me acuerdo» se ha convertido, con el paso de los años, en un viaje a la memoria colectiva de un país. Este inventario de recuerdos, compuesto por 480 anotaciones que siempre comienzan con las palabras que dan título al libro, se ha convertido en uno de los iconos de la literatura memorialística de todos los tiempos. Recuerdos de infancia y juventud de uno de los mejores escritores del siglo XX por los que desfilan actores, escritores y políticos, pero también estaciones de metro, boulevares o cines de un París que ya no existe pero que resulta fundamental para comprender el panorama actual de la cultura europea. Llega, en una nueva traducción de Mercedes Cebrián, una de las obras míticas de Georges Perec.

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El secuestro

Al menos los viejos cuentos empezaban bien, pero este ni siquiera eso. Desde el principio, una misteriosa maldición se cierne de modo inexorable sobre los personajes y, conforme evoluciona el relato, su omnipresencia desconcierta al propio lector.

Cuando Tonio Vocel desaparece ¿víctima de un secuestro, retenido, huido, suprimido?, la policía, incapaz de descifrar correctamente los numerosos indicios que se le presentan, no hace más que dar palos de ciego. Los amigos de Tonio toman cartas en el asunto, pero también ellos, por poco que se acerquen a la verdad, serán presa del escurridizo asesino. Con todo, el humor sigue reinando en el libro.

El lector tiene, asimismo, la oportunidad de probar su ingenio, ya que la solución, a la vez inasible y evidente, ocultada con esmero y sin embargo malévolamente simple, jamás desvelada pero siempre expuesta, está ante sus ojos. ¿Acaso sabrá verla? ¿Conseguirá dar con el autor de este caos?

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La vida instrucciones de uso

Todo producto con sus instrucciones que determinan el usar y tirar como paradigma, nos engaña. Nada es para usar y tirar en un solo ciclo salvo la vida. Así que más vale tener unas buenas instrucciones para cuando la vida se tuerce o amenaza con ruina…

Con el placer de un coleccionista, Perec nos mostró que la literatura también es juego y que detrás del telón de la cotidianidad se encuentra la poesía de lo anodino. Tras la fachada de un simple edificio parisino encontró un archivo de historias. Narrar es también aprender a mirar, captar los relatos de vida que configuran ese monumental puzzle al que todavía llamamos realidad.

Llegué a este libro en un momento en el que la literatura amenazaba con convertirse en un mundo demasiado melancólico. Encontré en él un golpe de vida. Me enamoré de Bartlebooth y de su alocado proyecto, detrás del cual late una gran intuición: que la belleza a veces es inútil y por ende más bella. Recorrí las mil y una historias que acá se cuentan, arropado por el mismo asombro con el que imagino los renacentistas debieron haber explorado sus gabinetes de curiosidades. Y supe que la literatura podía ser otra cosa: un juego muy serio que refleja nuestra sonrisa más pícara.

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