Los brazos de mi cruz -capítulo I-

Los brazos de mi cruz
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20 de abril de 1969. Mi ochenta cumpleaños

Hoy he cumplido ochenta años.

Aunque nunca podrá servir como expiación de mis terroríficos pecados, puedo decir que ya no soy el mismo, empezando por mi nombre. Ahora me llamo Friedrich Strauss.

Tampoco pretendo escapar a justicia alguna, no puedo hacerlo. En conciencia voy pagando mi pena cada nuevo día. “Mi lucha” fue el testimonio escrito de mi delirio mientras que ahora trato de discernir lo que quede de verdad tras el amargo despertar a mi condena.

Mi deuda con la justicia de los humanos poco sentido tiene cobrarla ya de estos viejos huesos. Me dejaría devorar por las víctimas si supiera que aliviaba el dolor, ese dolor extremo y enquistado, viejo, rancio, aferrado a la cotidianeidad de madres, padres, hijos, pueblos enteros para los que lo mejor hubiera sido que yo no hubiera nacido.

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Fresh Banking

El invierno de la economía ha llegado. Los colchones vuelven a cobijar los ahorros de la gente, confiando más en sueños prósperos que en las promesas del 5% de los fondos de inversión. No es para menos, cotidianamente vemos cómo los bancos se estudian unos a otros con la mirada sospechosa de Clint Eastwood en «El bueno, el feo y el malo».

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Arreglando el mundo a patadas

La peña tiene teorías sorprendentes. Recientemente, tomando café en un bar y hablando sobre el tiempo, un improvisado tertuliano se ha unido a nuestro grupo y, con aires de Nostradamus, ha asegurado que el cambio climático se debe a la afección directa de tanto satélite en la atmósfera. El primo de Rajoy secundaría esta opinión, sin duda.

También alguien me dijo hace poco que dentro de algunos años todos llevaremos un chip insertado en el brazo con el cual pasaremos por todo tipo de controles. El susodicho me explicaba, absolutamente convencido, que hasta para comprar papel higiénico en el Sabeco pasarán el escáner por nuestro brazo para ver si tenemos saldo.

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